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Manzanares. Caminando al ritmo de su muleta, levitando en el eco interminable  de su toreo, se llegó hasta más allá del límite del mundo cierto. Hasta los lugares insospechados donde dicen que habitan los Dioses. La Historia salió a su encuentro con ira. La miró a los ojos. Y la trató de tú a tú. Quién eres que tanto eco de felicidad traes contigo. Respondió sin bajarse de los vuelos de su muleta de albero arrastrado. Soy torero y vengo de indultar a un toro en Sevilla. Traigo la espuma de las olas de todos los mares, las sonrisas de todos los niños, el verde de todos  los valles del mundo, traigo el arte que no se puede pintar, el alma que no se puede esculpir. Te traigo los colores que aún no conoces, las lágrimas que no llevan sal, las risas que nunca escuchaste. Te traigo lo que te falta: una ética de compás suave, una estética profunda y larga. Te traigo el mundo que le falta al mundo.

Quién nos dice y les dice a ellos que el toreo no es la ética de todas las estéticas. Y al revés. La ética de la vida que se crea, que se salva, que se prolonga, a través de la estética inexplicable del toreo. Con qué sencillez Manzanares nos hizo ver un milagro y qué imposible resulta describirlo. Sólo la visión del toreo es comparable a la visión del mundo. Nada se iguala tanto. Ningún otro arte, que se hace menor. Picasso, Dalí, Miguel Ángel, Velázquez, podrían hacer arte sobre ese arte del toreo. El de hoy de Manzanares. Pero, ¿con que trazo dibujarían esos muletazos que duraron más que creación del mundo?

¿Con qué volumen se esculpiría cada cambio de mano de ola de océano en calma? Aún más: retaría al mejor de los pintores de la Historia a la que llegó Manzanares hoy, más allá del límite del mundo, a plasmar en lienzo la felicidad provocada en cada rostro, en cada garganta rota, que este torero logró y provocó en apenas veinte minutos. Los que tardó en llegarse al otro lado del mundo.

Lo escribiré claro para que quede constancia. Voy a narrar la prolongación de una vida a través del arte. Que es lo mismo que describir la experiencia del asombro ante la existencia del mundo: la constatación de que el toreo es el único milagro cierto. Un ser llamado toro bravo cuyo valor superior radica en la sangre y no en su carne, que alimenta espíritu más que estómagos, negro, arremangado en sienes estrechas, mazorca blanca y pitón negro, corto de manos y bajo de agujas, salió a la plaza con buen aire, cierta frialdad, cumpliendo en varas sin el ruido de los bravos fuertes en el peto, incluso indicando querencia que luego renegó mil veces luego de galopar con ritmo sostenido en banderillas. Manzanares se salió con él a los medios con el mismo son en su andar y en su mover la muleta.

En esa comunión de corazones, sincronizó el torero el latir del toro y el suyo en tandas con mano derecha donde el tiempo era pura relatividad. Existía sólo el espacio, y en él, dos riesgos: un relax excesivo permitía que el toro pudiera tropezar el engaño al final de los pases, haciéndolos de este mundo. No del otro. Dos, que, por evitarlo, el muletazo fuera menos lento, algo que haría mortal y no de los límites del otro mundo. Esa forma de caminar hasta la distancia del cite, de presentar el engaño, invitar a las embestidas a venir, recogerlas, mecerlas, girar cuerpo, cintura, pecho, brazo y muñeca fueron tan seguidas y tan sin prisa que sólo fueron superadas por el ralentí del cambio de mano y los de pecho. Dos tandas con la izquierda tuvieron ese son, con muletazos que duraron tres sueños y más. Y la felicidad de la gente, que, también, sincronizaron sus corazones a miles con los del torero y los del toro. Para traspasar juntos el límite del mundo.

Se pedía el perdón y quien desde arriba dicta dijo muerte creyendo que la bravura es algo distinto a lo que es: la capacidad de un toro de embestir tanto, tantas veces, con el mismo ritmo y profundidad, con tanto deseo de vivir, con tanta entrega para que se haga arte y vida que, menos mal, Manzanares siguió, lo sacó de las tablas, le hizo, otra vez en los medios, la prueba de fuego de que, si siguiera embistiendo. Y lo hizo. Quien dice que el toreo no es la ética de todas las estéticas. Esa forma de trasladarse al otro lado de los límites del mundo es tan escasamente egoísta que allí fuimos todos, el toro, el ganadero, que echó una gran corrida de toros. La fiesta de toros.

Hubo muchas cosas más, por ejemplo, una faena de parecido corte y descripción al sexto toro más feo, profundo pero sin el mismo ritmo y quizá duración, profunda y plástica, de hombre nacido para ser torero. Desde el otro lado de este mundo, parte la feria Manzanares en una tarde y se hace el Dios. Hubo, además, el asomar por la frontera de los límites narrados en el primer toro, de cuajo y cara abierta, muy bravo y muy bueno, muy completo. Lances de bello embroque y compás breve de Aparicio, muy personal y una respuesta de quite en Morante de tres verónicas que fueron ganando en todo: en despaciosidad, en duración, en hondura, hasta llegar la tercera, donde tampoco existió el tiempo, sólo el espacio que recorrió en círculo y por abajo el toro siguiendo la bamba. Buen toro y faena de Aparicio en lo que puede dar. Un toro, el segundo, de encastada movilidad, veloz y sin entrega, y faena expuesta de Morante. Otro lapidado en varas, cuarto y uno tan bello como inútil, quinto.

Esto ha sido el ejercicio de tratar de describir el asombro de la visión de un milagro. Uno se siente, en días de éstos, con ese orgullo que da pertenecer a la única élite del mundo conocido. Un ser superior. No todos los hombres, ni almas ni estómagos ni huesos, ni políticos, ni empresarios, ni bomberos ni economistas, actores, putas, obispos y soldados pueden vivir sabiendo que uno de los nuestros va a ser capaz de ir más allá del límite del mundo sin tener que morir. Y volver luego de tutear a los Dioses. Y contar qué hay allí. Manzanares, hoy, fue a ese lugar.

Plaza de toros de Sevilla. Lleno. Sexto festejo de la Feria de Abril. Toros de Núñez del Cuvillo, el tercero, de nombre ‘Arrojado’, número 217, negro mulato, 500 kilos, premiado con el indulto. Julio Aparicio, leves pitos y pitos; Morante de la Puebla, ovación y pitos y José María Manzanares, dos orejas simbólicas y dos orejas.

FOTOGRAFÍAS: MAURICE BERHO