Sevilla escucha el silencio de su música I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Cervantes escribió sobre la música: ‘compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu’.  Un guante para el toreo: comunica al público un levantamiento de ánimo al mismo tiempo que es el termómetro que le dice al toreo que su “trabajo” está siendo percibido con interés. Y en La Maestranza, la música y la frase de Cervantes, adquiere aún un significado más vital. Cuando el maestro de la banda manda que suene, es que está pasando algo bueno, quizá algo muy bueno, y, en casos puntuales, algo excepcional. Público y torero, al escucharla, escuchan también ese mensaje: esto es bueno. Y si no suena, esto no es bueno.

La música en Sevilla es un icono, una seña de identidad, un referente, una clave, casi una forma de interpretar el toreo. La música cuando suena y cuando no suena es un compás presente o ausente sobre las calidades de lo que pasa en el ruedo. Cuidado con lo que está pasando este año en Sevilla, porque lo que está pasando es un algo que ya ha obligado a algún torero a decirle a la banda que no toque. Y como se siga esta pauta, se corre el peligro de que la música en Sevilla no será más que una compañía sonora que no indica nada.

En la música de Sevilla manda el criterio, sensibilidad o gusto de un maestro. El amo, dueño y señor de la música en La Maestranza es un hombre y sólo un hombre. Una especie de sanedrín artístico de una sola persona, un tribunal de un solo juez sobre lo artístico. Un gurú y sólo uno de la esencia y del arte en el ruedo. Estaría de acuerdo en este ordeno y mando si quien mandara fuera ese ser superior, sabio, de sensibilidad innata, emocionalmente infalible. Y eso no creo que exista, y, desde luego, no existe en la banda de música de Sevilla. Es más, pretender que quien manda sea ese ser superior infalible de sensibilidad, es una utopía.

Por tanto, se acepta el mando único sobre la música. A cambio, se pide y se exige mucho cuidado, casi una especie de criterio o pauta en el sí o en el no. Porque este año, y algunos atrás, las polémicas más o menos existentes que siempre había porque son consustanciales al propio toreo, se han convertido en una gestión pésima del mando sobre la música. Hasta tal punto que muchos aficionados y toreros ya no creen que la frase de Cervantes sea adecuada. Que la música no suena porque pasa algo muy bueno, que no avisa al disperso público ni señala al torero su buen camino. Cuidado porque Sevilla no puede perder otra seña de identidad.

Lo de los silencios va parejo a la música. No quiero decir que no los haya, que los hay, pero no con el significado sutil, personal, calibrador, sentenciador a veces. No ese silencio de norma común de respeto para ver y para escuchar el toreo. Sevilla ha sido el lugar en donde el toreo se escucha tanto como se ve. Últimamente, los públicos dispersos, aleatorios, cambiantes, feriantes, de dentro o de afuera, maltratan el silencio porque no están en silencio. Y ese mismo público, con todo el derecho, claro, es capaz de ovacionar a un torero al final de su faena por cosas que, hace no tanto, habrían sentenciado de forma cortés pero dura, con su silencio.

La música en la Maestranza era otro Giraldillo, un icono, una referencia donde mirar si perdías el compás de lo que pasaba. Sevilla ha sido el único lugar de arte en el que el silencio se convierte en el sonido más sonoro y fuerte. Cuidemos con talento silencios y músicas. Son Sevilla. Y Sevilla puede estar comenzando a escuchar el silencio de su música. Y el ruido de su silencio. Dicho de otra forma, puede que esté perdiendo dos de sus señas de identidad.