‘Sin consuelo’

CRÓNICA del último festejo de la Feria de San Isidro de Madrid

Faena de Rafaelillo a ‘Injuriado’ I CANAL PLUS TOROSlinea-punteada-firma1

DANIEL VENTURA > Madridlinea-pie-fotos-noticias

 

 

‘Rafaelillo’ no encontraba consuelo. Mascullaba, sacudía la cabeza, crispaba las manos, miraba al infinito y hasta golpeó un burladero con la frente. Tenía dentro la rabia del triunfo que no llega, aunque esté a punto. Lloraba con la aflicción del torero que tuvo la gloria en las yemas y la del hombre que necesitaba el aldabonazo. En esos momentos, como en otros muchos, no hay frontera entre el torero y el hombre. Rafael Rubio ‘Rafaelillo’ lloraba su fortuna, herida de muerte por su propia espada. Lloró roto y largo, también mientras daba una vuelta al ruedo que era puro reconocimiento y cariño puro, pero que no era suficiente. Que no estaba, como premio, a la altura de su faena al cuarto de Miura. Una obra importante, un valioso artefacto de quietud y temple, que le habría valido seguro la oreja precisa para seguir respirando y quizás las dos para subir un peldaño en el circuito. La espada no entró y en las lágrimas de Rafaelillo estaban, seguro, las lágrimas de las ocasiones anteriores en las que tampoco lo hizo; en su tristeza de esta tarde, la última de San Isidro, la tristeza de otras tardes en las que la Puerta Grande fue una posibilidad real, como aquella de 2010 con una corrida de Dolores Aguirre…

Ese toro cuarto, quizás el más reconocible por hechuras de la Marca Zahariche que salió por toriles, fue el único de toda la corrida que ofreció posibilidad, y por supuesto buscándosela como se la buscó Rafaelillo. Insisto: el único. Porque el quinto, que cogió a Marco Galán y le rompió la bolsa escrotal en un tercio de banderillas complicado, fue en la muleta reponedor, orientado y difícil, aunque Javier Castaño lograse meterlo a veces en la muleta y trazar muletazos buenos y dispersos. El sexto, aunque sirviese de excusa a cierto oportunismo para echarse encima de Serafín Marín, no fue nada más que inercia, y por eso tomó la muleta cuando el torero le dio distancia. En cuanto quiso quedarse quieto y construir, el toro no fue nada. Los tres primeros fueron eso mismo, prácticamente nada: el primero un inválido que debió ser devuelto a corrales y el segundo y el tercero tan sin poder que no pudieron enseñar bondad ni desarrollar maldad verdadera.

Al cuarto, que se llamaba ‘Injuriado’, lo habían visto muy pocos antes de que Rafaelillo lo brindase al público. Era alto, huesudo y agalgado; tenía el lomo recto y la expresión diciendo ‘Soy un Miura’. Rafaelillo lo recibió con una larga cambiada de rodillas, de la que el toro salió queriendo saltar al callejón. No le llegaron las fuerzas, así que las tablas seguían zumbando por el golpe mientras el toro se dejaba pegar, nada más que eso, en el caballo: sin humillar y sin tirar de riñones. No se salió de la norma de la corrida en darles a los banderilleros motivos para sudar: poco desplazarse, superdotado radar, cabeza enhiesta… Difícil, y cumplidores los de plata. Después del brindis, Rafaelillo volvió a hincar las rodillas para enlazar cuatro muletazos. El quinto, en pie ya el torero, lo tomó sin celo el toro. Y en la tanda siguiente, de revolverse, perdió los cuartos traseros. No hay que engañarse: cundía en Las Ventas un ‘puf’ que era un ‘otra vez lo mismo’. Pero no, porque Rafaelillo lo hizo romper. Con dos instrumentos imprescindibles, aunque no los únicos ni exclusivos, del toreo bueno: la limpieza y la firmeza. Clave la primera para que la fijeza del toro no se convirtiese en sacudir de tornillazos; fundamental la segunda para animar a la embestida a un tardo que se lo pensaba mucho.

Esos fueron los cimientos del edificio de temple y quietud que Rafaelillo iba a construir. Siempre con la muleta sin tocar, yendo la franela de una a otra mano, el torero murciano fue hundiendo la muleta cada vez más en la arena, tiró del toro con el único y gran propósito de crear lentitudes que no existían y que hicieron que Las Ventas rugiera. Porque lo logró, sobre todo por el izquierdo: sin desatender nunca la limpieza, muletazos hilvanados de cuatro en cuatro, todos bajos y todos despaciosos, más largos de lo que quería el toro, porque también hizo eso el torero: alargarle las embestidas, con el valor que hace falta para llevar el trazo más allá de la cintura. Y sin moverse, y abandonándose tanto que en un desplante, Miura es Miura, el toro le prendió con ímpetu como de venganza por haberlo sometido. Le rasgó toda la taleguilla y por milagro no le desbarató el cuerpo. Todavía más metido Rafaelillo por la sacudida del toro, volvió a la cara, más cerca, más cerca, para mandar con la muñeca y los brazos, con la quietud y con el temple, sobre un toro al que sólo le quedaba ya orientarse cada vez más. Después vino la gloria que no vino, los dos pinchazos y el llanto del torero. Faenón sin premio; faenón que merece memoria.

Todo lo contrario que el primero, un ‘Miura’ menor en todo que debió ser devuelto. O que el segundo, alto y largo, montado y estrecho de sienes, que estuvo a punto de comerse a Castaño nada más salir de los toros, haciendo al entrar en un lance uno de esos cambios de dirección con las traseras que los toros solo suelen hacer cuando han visto ya muchas telas y muchos cuerpos. O sea, a los finales de las faenas y no a los comienzos de las lidias. El caso es que Ángel Otero y Fernando Sánchez saludaron tras parear con valentía y Castaño lo intentó con él, sobre ambas manos, mientras al toro se le escapaba el poder a borbotones. A lo mejor era de agradecer, porque se orientó rápido y sin mapas para irse al cuerpo y tapar las salidas al torero. El quinto no fue orientado, sino que fue peligroso. Ni se desplazó ni quiso hacerlo; prefería esperar y echar la cara arriba cuando presumía que podía hacer presa. Por los dos pitones y sin posibilidad de más de lo que le hizo Castaño. Fue ponerse en la cara, citarlo con firmeza y robarle varios de los que tenía que quitarse antes de que el toro le rebañase.

El tercero, el más lleno de kilos de la corrida, fue también el que más se empleó en el caballo y el que menos dificultades puso en banderillas. No le llegaron las fuerzas al último tercio, en el que Serafín Marín, deseoso de aprovechar su nobleza, lo cuidó de primeras antes de desistir. En el sexto, el torero catalán fue víctima de un ‘favor recriminado’. Era ése toro todo hueso y zancos, mazorca ancha y mucha ‘gaita’. Mansurrón de salida, caminador en banderillas… un 1 que Marín convirtió en un 4,5. ¿Cómo? Con una colocación impecable en los primeros compases de la faena: le dio distancia para lograr que se viniera y construir series ligadas con el único material de la inercia. Así lo hizo, en tres tandas buenas que parte del público entendió de otra manera: le colgaron la medalla al toro. Y cuando el torero, que en lugar de probar y pedir la espada lo había enseñado, quiso pararse y tirar de él, el enemigo era él. Aunque el toro, noble por otra parte, dijese ‘nanai’. Aunque hubiese sido él el que había mostrado la única manera en la que el toro podía responder… Algunos le pitaron, y eso también es para llorar sin consuelo.

Hierro de Miura Madrid Plaza de toros de Las Ventas de Madrid. Último festejo de la Feria de San Isidro. Toros de Miura (1º, inválido; 2º, complicado; 3º, noble y sin fuerza; 4º sacó fondo; 5º, complicado y deslucido, 6º, noble y a menos). Saludaron en el 2º Ángel Otero y Fernando Sánchez logo-mundotoro-fichas-crónicas
Rafaelillo, silencio y vuelta al ruedo tras aviso
Javier Castaño, silencio y silencio
Serafín Marín, silencio tras aviso y silencio
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