Pablo Aguado, por Rocko I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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En los últimos años el toreo se había metido en una rutina salpicada de momentos sobresalientes. Pero rutina, al fin y al cabo. No quiere esto decir que no hubiera o haya toreros sobresalientes, sino que hasta lo sobresaliente se hizo previsible, rutina. Por tanto, dejaba de ser sobresaliente para ser cotidiano. Para muchos, esos anuncios aislados de José Tomás se convertían en la agitación de la temporada.

En las dos últimas décadas, hemos tenido a dos nombres para todo. Pudimos haber tenido a Talavante, el rebelde cuya rebeldía es ausentarse.  Manzanares, un hermoso lujo. Ponce es creíble por incombustible y reinventado y, lógicamente, no por novedad. Pero hasta la llegada de Roca Rey, simplificando el asunto (aunque no sea la lectura más sutil) El Juli tiraba del carro y Morante era el verso libre, intocable, incontestable. Se me antojan muchos años para tan poco, a pesar de existir toreros de un fondo y talento brutales que han mantenido este ajedrez: Perera o Castella.

Todo muy definido. Y quizá con un error, pues se encaminó hacia la llamada perfección: que no tropiece y que sea muy largo y por abajo. Eso, dentro de la naturalidad casi genética de El Juli, es grandioso. En El Juli. Pero entre escuelas que igualan, ausencias de referentes, mala educación taurina, novismos de toda clase, gentes nuevas que aparecen en los callejones recién salidos de un mal sastre, de un mal gusto o de un exceso de dinero que hablan de toros como los juláis, el toreo abandonó dos cosas. La primera, las referencias.

Ha sucedido con otras artes: con la literatura y la pintura sobre todo. Hoy hay gente que vende libros por castigo y no han leído en su vida y hasta desprecian a la literatura. Pues en el toreo, lo mismo. Cuando hablo de referencias, no hablo de copiar o imitar sino de tener en mente, de haber mirado y mamado. Esta sociedad mira al contemporáneo y en el toro igual: todos quieren lo de El Juli y es imposible, toreros que quisieron lo de Morante se quedaron en malos toreros de espejo.

Y, cuando sale algún torero con condiciones casi innatas como el caso de Ginés Marín, ya nos las apañamos para que no sea así.  Me pregunto si parte de la sentencia que ya ha condenado a toreros como Álvaro Lorenzo o a Garrido y a algún otro, no ha sido una sentencia anunciada y ¿deseada? Miremos nombres de los últimos novilleros y sus calificaciones como generación de futuro y el frenazo que recibieron tras la alternativa. Nos gusta más retentar toreros que aupar a los nuevos. Retentar toreros consiste en decir que lo no nos servía cuando nuevoahora si sirve. No veas como ha cambiado. Y, claaaaro, yo lo he visto.

Hablemos ahora del segundo abandono: el toreo abandonó un género. El género de lo fantástico, que es vecino a lo extraño y a lo maravilloso. El toreo, por imposible de vivir de una sola definición, es la ambigüedad de lo sensible en estado puro: es aquello que nos pone el alma en una ambigüedad propuesta a modo de duda o interrogante: ¿realidad o sueño?, ¿verdad o ilusión?. Y nos mete de lleno, no para que elijamos una u otra cosa, sueño o realidad, verdad o ilusión. Realidad y sueño de forma inseparables, sin que sea necesario elegir una u otra. Porque desde el momento en que elegimos una de las dos cosas, o sueño o realidad, metemos al toreo en lo cotidiano. Y aquí entra Pablo Aguado.

Este torero es tan importante por lo que es, o más, que por el quién es. ¿Qué es?: realidad y sueño de forma inseparables, verdad e ilusión al mismo tiempo. Ha generado eso que no nos hace separar ni elegir entre si es perfecto y real su toreo, si no le engancha, si no es muy largo el trazo, si eso y si lo otro en unos esos y otros que son  el lenguaje de los juláis. Porque el toreo de hoy está muy en manos de los julays, seamos sinceros. Chanelar de esto, escasos.

Las Ventas se emocionó tanto por lo que vio que vio como por lo que soñó que vio. Eso es grandioso. Ni había toro y había viento, y, con lo que pudo hacer, el público liberó sus emociones sobre el toreo. Se cantaba a compás el ole mas rotundo y roto casi antes del embroque, con la realidad de su figura derechita como una vela y la ilusión del surgir de un muletazo que reduce la velocidad del toro. Que supera al temple, que congela la embestida un segundo. Cuando surge el olé ahí, en ese instante preciso, puede que la realidad sea ilusión porque tropieza el engaño o lo que sea, pero, milagro y magia, da igual.

Llegar a eso, llegar a colocar el olé en su lugar de origen, en la intención, es Aguado. Claro que, para que realidad y sueño convivan., para que no caigamos en el error de elegir, hay que torear haciendo realidad el sueño del toreo, como él hizo en Sevilla. O hacer sueño la realidad del toreo, que es lo mismo.

Reconozco que no me gusta mucho leer lo que se dice de él. Zabala de la Serna creo que acertó en contextos y referencias. Y no quiero ser grosero o menospreciar a los demás, pero  contar a Aguado es importante. Y reconozco que es difícil escribir sobre lo maravilloso. A mí eso de parar el reloj como que lo leí hace tiempo y lo de la música callada y tal pues, vale, si.  Se usa mucho la palabra soñar y se sueña muy poco. Creo que cuando sale un torero que hace el toreo la narrativa taurina no está a la altura. Con mis respetos, se han dicho comentarios de güiris inapropiados.  Lugares comunes o palabras que deberían usarse poco. Por ejemplo, eso del  toreo eterno. Joder. Toreo eterno en boca de algunos suena a ni se ni me va a entrar el saber.

Se dice mucho soñar y se sueña muy poco. Soñar, lo que es soñar, está al alcance de pocos. Porque la realidad es el sueño. Y aquí entra Pablo Aguado.

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