C.R.V.
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Dentro de la inmensidad del ruido, subido a los  lomos mansos de las 7 del amanecer de siete días bestiales, en Pamplona se hace el silencio. Por millares se retiran gentes a sus lugares de descanso, hoteles, casas, tiendas de campaña, un banco en una calle, el verde del suelo de un parque que aún hace rocío. Guiris de los USA que maltratan más al alcohol que éste a ellos, suecas que sueñan por un príncipe étnico hispano que no existe, cazadores de cuerpos sin presa, manadas de gentes de pocos años que caminan como las embarcaciones a punto de naufragar. Huele a puré de vidrios rotos. Prohibido encender una cerilla: el alcohol flota en el aire y puede explotar. Son los Sanfermines, las siete de la mañana, hora del alto el fuego, bandera blanca a la bestialidad. Queda una hora para el encierro.

Y es ahí, en el refugio del silencio de los que se retiran como Cortés en la Noche Triste de Technotitlán,matados todos los dioses posibles a golpe de grados, bebidos todos los demonios posibles, intentadas todas las argucias de espejitos y cuentas de coloresque los hombres usamos en las conquistas sexuales que siempre terminan en su victoria y en nuestra derrota, con el mapa de los destrozos de la noche en los rostros, llega por fin, el silencio. Que no violan los que se levantan para aferrarse a un lugar en recorrido, desde Santo Domingo hasta la Plaza de Toros, los que hacen rollo del papel prensa, los que salen de los portales como los hurones inquietos de elegante colorido… los que van a correr el encierro. Salen ellos. Se retiran los otros y si alguno queda en el recorrido de piedra, hasta unas hostias se puede llevar de los policías que despejan el campo de batalla.

A Hemingway le gustaba Pamplona como le habría gustado siete noches seguidas de Marichi en Guadalajarao quince de bacanal en Los Cabos o una orgía a puerta cerrada en Acapulco. Al yanqui le gustaba el exceso y el exceso de los excesos, el paradigma del cielo excesivo y el infierno jamás imaginado es Pamplona de noche. Tan brutal que en él el hombre, se hace de verdad rey de de los animales, pues la brutalidad de su raza se hace inimaginable. Pamplona es la imagen internacional de ese reducto de aventura y riesgo a través lo que un día fue ave de paso. El pasar de los toros, que se encerraban, como en cualquier ciudad o pueblo, para la corrida de la tarde. Del camino han hecho el espectáculo. Tan es así que, a pesar de los llenos diarios (unas 23.000 personas) en el coso, la gran mayoría llega, vive, viene, llora, ríe, se enamora, se pierde, cae, se excede,… por los encierros

Con su toro. Porque el toro de las corridas de Pamplona es toro para y por y según el encierro, no por y para el toreo. En la narrativa del toro, en su descripción de belleza, el más feo de todos los toros feos, son los que se embarcan para Pamplona. Feo por antítesis del toro estrecho de sienes, del toro bajo, armónico, entiéndase bien. Una fealdad práctica, rentable, lógica e irreversible. Es el toro de cara muy abierta, quizás la más abierta posible de entre las camadas, el que vale para el encierro. Menos certero en sus derrotes, menos preciso a la hora de herir bultos y cuerpos en el suelo o al derrotar que el toro de cara para adelante y de sienes estrechas o enseñando las puntas desde una frente escasa, el cornalón es menos fatalista en sus embestidas, en los montones, en las caídas.

Un encierro con una corrida de sienes estrechas, con toros hechos para el toreo reunido, el de los su pitones cabiendo en los vuelos de la muleta, provocarían heridas de guerra en los corredores del tamaño de la explosión de una bomba con metralla. Así es esta reflexión,  guste o no. Tan es así que la ganadería más amplia de cara, la de menos perfil, la de más frente, la de Miura, se corre y lidia siempre en el día de mayor masificación, el día con las gentes más en la calle, un domingo, esta vez el 14. Toro para encierro, toro para correr, no para quedarse quieto. Toro para permitir, por su envergadura abierta de pitón a pitón, que los corredores avezados ‘entren y salgan’ de sus cunas unos segundos en la calle Estafeta.

Ése es el toro, pero la bestia del encierro es el hombre, la masa. El peligro nace de quien no lo quiere, el ser humano. Es una semana donde la literatura, la poca buena y la mucha mala, los medios de comunicación, alimentan una especie de aventura que se transforma en el matrimonio antinatural y mágico  de los dioses Baco y Dionisios, y que hacen de una ciudad de pacífica nostalgia diaria, el centro del mero infierno. Son días en los que el hombre es la bestia. Y el toro es Dios. 

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