icono-sumario Lo que es debe reconocerse cuando de verdad lo sea, no cuando lo mande el dogma

MIGUEL FERNÁNDEZ MOLINA > Madridlinea-pie-fotos-noticias

 

 

Convertir en dogma una opinión y enfrentarla a los ojos del mundo libre es dejar la puerta abierta al fracaso. Fracaso de unas ideas que siguen inmóviles pese a que todo a su alrededor gira. En ese giro constante, de Madrid, su público, incluso su toro, el dogma sigue invariable para repartir dones como el de la casta. Entregada a unos, negada a otros. Pase lo que pase. Hoy era tarde de dar: se anunciaba casta en la corrida de Adolfo Martín y, al reclamo de su enfrentamiento con el triunfador de San Isidro, se llenó Las Ventas. Pero, cosas del toreo, que por fortuna no es inmóvil, la casta estuvo a la vuelta de una tarde que iba contra lo ordenado. Porque no todos son ‘casta’, diga lo que diga el estereotipo.

Casi ahogadas en la nada, la tarde y la corrida se salvaron al reclamo de ‘Baratero’ y Manuel Escribano. Uno en tarde de seis. Dos, si sumamos la casta del de Adolfo con la del torero sevillano para, en perfecta sintonía entre ambos, darse la importancia que merecía una tarde de ‘No hay billetes’. Y esa fue la casta. Cosas del toreo, la misma que luego muchos no supieron premiar al arrastre del sexto toro en una tarde que se iba en triste rumor de desencanto. Porque lo que es debe reconocerse, pero, y ahí reside la cuestión, cuando de verdad lo sea, no cuando lo mande el dogma. A Sebastián Castella le tocó pagar el precio de ser el triunfador de San Isidro y le midieron con dureza en una tarde capaz sin lote propicio para nada. Y porque a Diego Urdiales, que le tocó el lote más noble, le faltó ese intangible que convierte los detalles en faenas rotundas.

Casta es, siguiendo con el leit-motiv, lo que le hace a un tío irse toro tras toro, día tras día, a la puerta de chiqueros. Hasta el punto tiene casta Escribano que se arriesga a que el público convierta en rutinario un acto valiente. Hoy, claro, dos de dos. Por delante, con el ‘Adolfo’ que bajó la media por presentación, el tercero, que además notó un fuerte golpe contra un burladero nada más salir. Sobrio Escribano cuando cogió los palos, en un tercio de poder a poder y en corto, especialmente en el tercer par, el de mejor resolución. La ovación de resumen le valió para sustentar el casi inexistente último tercio: el toro cambió a peor, a tener una embestida muy corta, a soltar la cara y a revolverse con rapidez. De haber tenido más poder, una prenda. Sin tenerlo, pudo haber herido horrible a Escribano al tirarse este a matar. Se llevó un pitonazo en el cuello que quedó en el susto y en el golpe.

Los más positivos recuperaron la esperanza al ver en la tablilla del sexto su nombre: ‘Baratero’. Historia del toreo, nostalgia de décadas pasadas, les invitaba a mantener la fe. Negro entrepelado, fino de cabos pero con expresión y trapío, empujó de bravo en una vara fuerte que no tuvo continuación en la segunda. Repitió guión el sevillano -portagayola y banderillas- pero el desarrollo del segundo tercio pudo cambiar en un segundo. Esperó y apretó para dentro el toro -casi toda la corrida lo hizo- y en el tercer par, de tanto exponer Escribano, se le arrancó directo al pecho. Le tiró una cornada que, menos mal, se la llevó el aire. Con ese galope peligroso y encastado llegó el toro al último tercio. La clave de inicio, ver quién ganaba la batalla de la casta. Bien Escribano al natural, su mejor pitón, ganándole la acción el torero con el fin de alargar sus cortas aunque emotivas arrancadas.

Siempre por fuera de la segunda raya, aunque moviéndose por varios tendidos, Escribano se trabajó cada tanda con un merito técnico incuestionable. Faena de fondo que buscaba llegar al final a más. Acertó de pleno el de Gerena, que se reservó para el último tramo lo mejor. Con el toro metido en la muleta, gracias a haberle sabido cambiar de pitón entre series sin exigirle más de la cuenta, surgió una tanda de muy bella composición al natural, de frente y a pies juntos. De uno en uno, en muletazos cortos de precioso embroque y final tras la cadera, acabó su labor en alto. Ahí sí rompió Madrid; en el momento exacto. La estocada era de asegurar el merecido premio: una casi entera tendida sirvió para cortar una oreja de peso antes del tibio reconocimiento final al Adolfo.

Al segundo le faltaba el apoyo de la tablilla, pero le sobraba seriedad en su expresión. Quiso evitar al caballo en un par de regates de final de Champions y salió suelto en las tres leves varas que tomó. Fue una prenda en banderillas: sabía lo que se dejaba atrás e hizo pasar un mal rato a la cuadrilla. En cambio no rompió a alimañana como tal; de hecho, no rompió a nada, sólo a malo. Malo y con peligro. Siempre con una medio embestía, sin ir metido en los engaños por el único pitón que dejaba algo, el derecho. En él se basó Castella, siempre sobrio, sin atacarse pero sabiendo ganarle la acción en cada cite. No le echaron cuentas y fue silenciado. El quinto, exagerado de cuerna aunque sin correspondencia a unas hechuras correctas, se lo guardó todo -lo malo- para el último tercio. Echó la cara arriba y se apagó muy pronto, sin permitir la ligazón. Pero tuvo peligro, muchas veces no evidente del todo, cuando se paraba a mitad de viaje. Castella estuvo muy firme con él, toreando quizás más para sí mismo que para el desentendido público. Incluso robó algún muletazo entre la nada. Su feria ya estaba hecha.

Se abrió rápido de capa Diego Urdiales en cuanto vio el buen pitón derecho del primero. Varias verónicas de capote bien mecido y muy jaleadas desde arriba. Sin celo en varas ni banderillas, el de Adolfo llegó a la muleta exigiendo que le llegasen mucho para arrancarse. Lo hizo el riojano, entre parones y cambios de ritmo del toro. Muy elegante en la composición y el embroque, Urdiales logró derechazos -siempre ese pitón- de sumo gusto; sueltos o de dos y parón, porque al animal le faltaba ritmo uniforme. Entre coladas, miradas y algún viaje humillado, sobresalió la última tanda, ya de uno en uno, y un desdén. Saludó una ovación tras media estocada. El cinqueño, cornipaso, bajo y largo que hizo cuarto también tuvo seriedad en su ‘puesta en escena’. Se le vio rápido su poca raza y su buen aire, entendido dentro del contexto que llevaba la tarde, algo que le acompañaría hasta el final de otra faena elegante de Urdiales. De nuevo el embroque, siempre bello; el muletazo deslucido en ocasiones por la tendencia inicial del ‘Adolfo’ de soltar la cara. Bien Urdiales, que vio como bajaba el conjunto de su faena al cambiarse al natural. Dos excelentes en una tanda sin unidad, por lo que el cierre, con ánimo de remontada, era obligadamente con la derecha. Ahí, mas conjuntados toro y torero, le puso otro sello de calidad a otra labor de ovación.

Hierro de Adolfo Martín Plaza de Las Ventas. 28ª de San Isidro. Lleno de No Hay Billetes. Toros de Adolfo Martín, 1º exigente por el pitón derecho. 2º, malo con peligro; 3º, a peor en la lidia y malo en la muleta; 4º, bueno en la muleta aunque justo de empuje; 5º desrazado y con peligro sordo y 6º, con casta y emoción, ovacionado logo-mundotoro-fichas-crónicas
Diego Urdiales, ovación y ovación tras aviso.
Sebastián Castella, silencio tras aviso y silencio tras aviso.
Manuel Escribano, silencio y oreja.