Más allá de la reducción de festejos (casi 200) en el primer tramo de la temporada con respecto a la anterior, la tan cacareada crisis ha traído consigo un mercado menos inflado, más acorde con la situación real, pues gran parte de los espectáculos suprimidos corresponden a aquellos de dudoso argumento, montados (nunca mejor dicho) fuera del circuito natural de las grandes ferias.

La parte negativa sin embargo tiene que ver con el descenso de festejos en el escalafón menor. El dinero es cobarde, se esconde con la crisis e incide directamente en un mercado donde hasta ahora no ha habido estructura de fomento, sino mucho montaje. Y no es bueno que las novilladas se resientan, porque son fundamentales para el futuro de este espectáculo.

La Administración debería coger el problema por los cuernos y tomar parte en el asunto, creando un estatuto amateur por ejemplo, que sirva de amparo a un escalafón con “superpoblación” que obliga a los más nuevos a presentarse en las plazas de renombre sin el debido rodaje o a empeñarse hasta las cejas para sumar festejos con los que poder afrontar mayores cotas.

Porque, queramos o no, los novilleros son la cantera del toreo, y del mismo modo que en el fútbol, por ejemplo, las categorías inferiores no son consideradas profesionales, en el toreo no deberían dar tal consideración a los jóvenes que, no lo olvidemos, se están iniciando en una profesión que exige el mismo pago del piso de plaza, los mismos impuestos y los mismos costes de Seguridad Social para un espectáculo de promoción que para un cartel de figuras.

Las plazas de primera y segunda categoría apenas albergan el 30% de la totalidad de las novilladas. El resto, pueblos donde muchas veces el tamaño del toro lidiado es inversamente proporcional a emolumentos recibidos por hacerle frente. Por eso urge estructurar su mercado, reducir sus costes y fomentar su base, pues en la actualidad se trata de un espectáculo ruinoso, que anima al túnel, al manejo sucio y a la picaresca.