_DSC5416‘Una de mis verdades’ I MUNDOTOROlinea-punteada-firma1

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Hay una gran diferencia entre exigencia e intransigencia. La primera es una cualidad de la propia vida que se traduce en pedirle cuentas a quien cuentas tiene. En este caso del toreo, a la figura. Intransigencia es afirmar que quien no tiene tu modelo, tu concepto o tu sentir, es tu enemigo. Lo es porque va contra lo que tú crees como verdad y quien va contra ella, te agrede. Te engaña, te roba. Convence a la mayoría ignorante que no participa de tu verdad. Y, quien hace eso, es tu enemigo.

En la tauromaquia, y sobre todo en Las Ventas, la intransigencia se hace aun más rocosa pues se aferra a un enigma histórico: hay una minoría constante que considera su verdad como única. No admiten la existencia de varias verdades. Y lo cierto es que la vida en evolución y tolerancia, en desarrollo de artes, tecnología, sentimientos… consiste en la convivencia enriquecedora de tantas verdades como individuos las tengan. Aunque, coherentemente, unas verdades sean más ciertas que otras.

Hablo del llamado ‘canon’. La norma. El precepto. No el concepto. Cuidado. No usemos la demagogia de igualar el canon o precepto con el concepto. La norma para torear con la intención al torear. Dejando claro que el toreo, como arte, cuando es arte, es más intención que otra cosa. Cómo se ejecute esa intención es importante, claro. Al final, somos lo que hacemos y no lo que pensamos. Por eso quien es capaz de ejecutar muy bien una excelente intención, suele ser un gran artista, pintor, escultor, o torero. Pero el canon, la verdad única, niega la intención de cada cual y, además, le exige una única ejecución. El canon en Las Ventas, para algunos, deja de ser algo fundamental o con fundamento (cierta técnica aplicable o no) para convertirse en Verdad Única: solo existe una intención para hacer el toreo y sólo hay una forma de llevar a cabo esa intención.

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Siendo esta postura una intolerancia contra la tauromaquia, podría entender a quienes se manifiestan contra ciertos toreros usando el baremo de su verdad única. Lo entiendo de forma coherente porque aplican normas ineficaces, caducas, inexistentes, ilógicas. Por ejemplo el pretender que el torero esté cruzado en todos y cada uno de los pases de una misma tanda. Una cuestión que, ejercitada con una toalla en salón de su casa por el lector, le llevará a esta casi leperiana conclusión: las leyes básicas de la física de los cuerpos afirman que cruzarse en cada pase es inversamente proporcional a ligar los pases. Cruzarse en torear ‘de uno en uno’. Y de ‘uno en uno’ (cito, embarco, vacío y me muevo para ponerme de nuevo en la posición inicial del cite cruzado) no se liga. El toreo evolucionó en bravura del toro y en intención de torear hacia las tandas ligadas de cuatro, cinco… muletazos.

Entiendo (no comprendo, que es diferente, porque no comparto ese jomeinismo) a quien ve el toreo solo sobre esa norma. No veo maldad más allá de la perversión que tiene una verdad única. Pero dejo de entenderlo cuando esa norma única se aplica sólo cuando se quiere, se hace voz, grito y protesta dependiendo de tardes, de toreros, de toros. Usar una norma fija y una verdad única de forma aleatoria y variable es una perversión. El uso discriminado, pactado, pautado, prejuicioso de una norma que decimos es invariable y para todos, es maldad. En el toreo, en la literatura, en la poesía, en el teatro, en el cine… Es una maldad en la vida.

La misma norma que este año se está aplicando de forma negativa y censora, intransigente y vigilante para Sebastián Castella (la que fusila a El Juli año tras año) es la que el año pasado, al no ser usada, lo sacó en hombros. Va en gustos, pero tres de los naturales de Castella de este año redujeron más la embestida que los del año pasado. Y mira que el Adolfo embestía gateando como el toro mexicano. Esto último es opinión individual pues del toreo, la reducción de las embestidas desordenadas y la reducción de la velocidad es lo que más me toca la fibra (Para mí el toreo o el mejor toreo nace cuando desaparece la velocidad. Desaparecida la velocidad, llega el toreo). Pero esa es mi verdad.

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Esa es mi verdad que no deseo para nada que sea compartida, pues mi verdad es mi emoción, mi forma de apasionarme con el toreo. Y de la misma forma que me da igual que sea o no compartida, acepto las verdades de quienes sienten más emoción en el movimiento de velocidad, el desorden vital, en la fuerza sin reducción. La comparto y hasta me emociono con ella. Jamás trataré de imponer a nadie que sienta como yo. Insisto, siento que el toreo profundo, el toreo no para la vista sino para el recuerdo, nace a partir del toro fijado y fijo, detenido, sin el uso de la inercia, cuando muere la velocidad, cuando hay que ir, traer, reunirse, vaciar allá.

Sabiendo que la ley de la inercia no es aplicable. Ésa es una de mis verdades. Según esta una de mis verdades, hay triunfos que no lo serían. Pero sería un fatuo, un pésimo aficionado y un insensible de catálogo, si tratara de imponerla. Si depreciara otras verdades, otras intenciones de torear, otras formas de torear. Y si tratara de imponer a gritos mi verdad sería un gilipollas. Afortunadamente no la impongo. Entre otras cosas porque no tengo una verdad única. Me da pereza y pavor, al mismo tiempo, tener una sola verdad.