No estaba la tarde para vestirse de esmoquin, pese a que el cartel tenía su toque sentimental con el adiós de Padilla. Pero primero la climatología y luego el comportamiento de los 'jandillas', un encierro del que se esperaba más, sobre todo después de un año tan redondo como el pasado, cambiaron el guión del espectáculo sobre la marcha. Fue tarde de cojones, los de un francés y un peruano, que se impusieron a las adversidades a puro huevo.

Castella vio primero cómo al toro que echó por delante, engatillado, de manos cortas, bien hecho, le costaba repetir las embesidas. Eso obligó al francés a partir las series en dos, y esa falta de continuidad impidió que la obra cogiera vuelo y calara en el tendido. El quinto fue un tío. Acapachado, hondo y cuesta arriba. Ya embistió con ritmo y transmisión de salida y empujó con la cara abajo en el peto y luego en la muleta quiso coger el trapo de inicio con raza, tranco y humillación.

El inicio en los medios, con un pase cambiado por la espalda, tuvo fuerza. Fue el prólogo a dos series con la mano derecha muy rontundas, de emocionante angostura, porque el toro le pasó muy cerca a Castella, que ni perdió pasos ni rectificó terrenos, y a partir del tercer muletazo el toro pesaba y el peligro se acrecentaba. Esa forma de torear, criticada por algunos porque piensan que en cierto modo se 'ahoga' la embestida del toro, tiene sin embargo un mérito bárbaro, por el riesgo que voluntariamente contrae el torero, y que el francés a veces no termina de transmitir dada su apabullante seguridad.

Si en vez de comerle el terreno al toro, el de Beziers le pierde pasos entre un muletazo y otro, quizá el trasteo fluyera más limpio, pero también menos intenso, y en ese instante, a la tarde le hacían falta revoluciones. Por eso tuvo tino Castella en acortar aún más las distancias tras una fallida serie con la mano zurda, que acabó en desarme porque el toro se quedaba en el embroque. Ahí volvió a acertar el torero en reducir aún más las distancias, porque asustó al público, sobre todo, cuando se dejó llegar los pitones en el abdomen, incluso hasta dejarse apoyar la pala en la barriga. Hubo controversia, la típica cuando se anuncian figuras en el cartel, pero la mayoría del público reconoció y se rindió a la autenticidad del torero galo, que cobró una imporante oreja tras media estocada en la yema.

Si Roca Rey hubiera sido un tieso y un desconocido hubiera salido en hombros. Pero la gente sabe que, hoy por hoy es la máxima figura, y lo esperó con la escopeta cargada. Protestaron primero al que hizo tercero, más feo de hechuras, cuesta arriba, estrecho y tocadito de pitones, pero muy en 'jandilla'. En el inicio por estatuarios se pasó al toro dos veces por la espalda con riesgo evidente porque el toro ya no pasaba. Embistió siempre sobre las manos, como afligido. Roca Rey no dio nunca un paso atrás. Muy aplastado y hundido en la arena, trató siempre de empujar al toro para delante y dilatar esa media embestida. Además lo mató con la que, hasta ahora, es la estocada de la feria.

Más alto y más basto, cuesta arriba y veleto, al sexto le faltó celo de salida, y tanto en varas como en banderillas marcó querencia. Tras el inicio por alto el toro volvió a evidenciar su mansedumbre, Roca Rey no le llevó la contraria y se fue donde el toro quería: A chiqueros. Allí trató de darle celo en paralelo a las tablas y consiguió dos series monumentales con la mano derecha, sobre todo por imprevisibles. Hubo huevos, pero también cabeza, porque a la vez que tragó, dejó la muleta siempre en la cara al tiempo que se colocaba para dar el siguiente muletazo antes de concluir el anterior. De ese modo el toro no paraba. ¿Cuantos son capaces de robar esas dos series a un toro así?. Y de colofón, otro espadazo que tiró patas arriba al animal antes de saludar una fuerte ovación de los aficionados cabales.

El público respetó a Padilla en su adiós a Las Ventas. No tuvo un lote a modo el jerezano para su despedida de San Isidro, si bien el que rompió plaza le dejó al menos expresarse con el capote y lucirse en banderillas, antes de afligirse en el último tercio. El cuarto en cambio nunca rompió para delante y desarrolló a peor conforme avanzó la lidia hasta el punto de comprometer al jerezano en el epílogo de su trasteo.