En una feria con escasas luces, el resultado de la séptima tampoco destacará por triunfal en el recuento final de trofeos. Sin embargo, la jerarquía de El Juli, la Tauromaquia de Ferrera y el aplomado debut de Aguado no se recogen en la oreja que paseó la figura madrileña. Espadas y descabellos le cerraron la Puerta Grande a él y al extremeño. Por encima del trofeo, quedará una tarde de Antonio Ferrera en estado de gracia, sin guion establecido y por fuera de leyes o dogmas. Tampoco hace justicia el resultado a una faena digna de figura del toreo de El Juli al quinto. Con una parte dando todas las ventajas al toro, para luego, impartir su lección de toreo. Magisterio en las alturas, en los toques y en las distancias. Y, en medio, Pablo Aguado, que se presentaba en Pamplona, fiel a su concepto y sin dejarse devorar por ese ambiente contrario al toreo sin efectos especiales ni sobreactuaciones. Cabal Aguado, con el peor lote, maestro El Juli y a su aire de estética personal, Ferrera, con el mejor lote de una buena corrida de Victoriano del Río.

La faena de Julián López 'El Juli' al quinto es propia del que manda en el toreo. Con un toro manseando en los primeros tercios, suelto y sin que nadie consiguiera pararlo, el madrileño sólo necesitó dos muletazos para dominar y fijar al toro en el centro del ruedo, para que luego nunca mirara a las tablas y plantear la faena en un palmo de terreno. Pero el magisterio no quedó sólo ahí, porque en la primeras series intentó afianzar la embestida, sin apretar al toro. Con la muleta a media altura, tirando de línea recta, intentado alargar la embestida y rematando los muletazos por arriba, sin apretar al astado, que no estuvo sobrado de raza. Todo ese engranaje permitió, sobre todo, una tanda con la zurda, con el toro humillando, la mano baja y los muletazos por debajo de la pala con profundidad. La sombra estuvo metida durante toda la faena, pero la inteligencia de El Juli va más allá y, para no dejarse ganar la pelea en uno de sus feudos, se metió en terrenos de cercanías y ligó varios circulares invertidos que calentaron al público y aficionado. La estocada fue trasera, por lo que necesitó dos golpes de verduguillo y el magisterio se vio reducido en un trofeo.

A diferencia de la faena del quinto, en el segundo, El Juli también intentó dar todas las ventajas para que el toro, bajo y abierto de cara, embistiera, pero el astado no fue agradecido. Tiró los muletazos en línea recta, sin apretarle, a media altura, con la muleta retrasada y firmeza en los toques. Todo en favor del astado. Sin embargo, esta vez, el toro ofreció pocas opciones y se vino abajo.

Antonio Ferrera se encuentra en estado de gracia, sin guion establecido. Momentos de arrebato y creatividad unidos a una facilidad en dar a los toros en cada momento lo que piden. Para llegar a ese punto, la capacidad técnica es superior y fundamental. Con el primero de la tarde, un toro bueno, pero que se sentía cómodo en los terrenos de las tablas, el extremeño aprovechó inercias y querencias, para cuajar una obra, aparentemente fácil, con empaque y torería. Todas las series acabaron con varios remates por dentro en pararelo a las tablas. La estocada a recibir, en la suerte contraria, fue el remate a una faena, que el verduguillo volvió a dejar sin premio.

Más profundidad en la embestida tuvo el cuarto, que metió mejor la cara en el último tramo de faena, pues en las primeras series la embestida tuvo mucho disparo, sobre todo por el pitón derecho. Se movía, pero nunca se salía de los vuelos. Sin embargo, a medida que Antonio Ferrera fue suavizando esa embestida a base de temple y de colocación la faena fue a más. Los naturales surgieron con la figura relajada y el cuerpo acompañando la embestida. Las cotas de creatividad volvieron aparecer y la gente incluso se olvidó de comer en el toro de la merienda, para disfrutar de algo distinto en un mundo de rutinas. Esta vez fue la espada la que impidió pasear uno o más trofeos y dio una vuelta al ruedo..

Es difícil ser fiel a uno mismo cuando llegas nuevo a un sitio y no conoces la gente que te juzga ni cómo vas a encajar ante una afición con unos gustos reconocidos y distantes al tuyo. Es difícil mantener el tipo mientras estás ralentizando la embestidas y toreando con gusto al sexto y la gente se encuentra cantando, por aquí y por allí, sin tener en cuenta lo que ocurre. Sin armar una faena compacta, Pablo Aguado dejó su sello en Pamplona. La naturalidad de la figura y los toques suaves embarcaron con temple al último, un toro que tuvo movilidad, pero se vino a menos cuando se acabó esa inercia. Antes, entre el desorden del tercero en los primeros tercios, el diestro sevillano puso la serenidad y la seguridad sin aparente esfuerzo con el toro más complicado de una buena corrida de Victoriano del Río, que también deberá agradecer a San Fermín que la corrida la lidiasen estos tres toreros.



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