Despertó San Fermín con una tarde propia de lo que es esta feria; Algarabía, alboroto y entrega. Porque aquí todo es a lo grande: Los cabreos y los excesos. Y en medio de la marabunda rojiblanca emergió Cayetano, que como lo lleva en la sangre, entendió a la perfección la idiosincrasia sanferminera y le dio a la masa lo que la masa quería. Cuatro orejas, petición de rabo en el sexto incluso, virtual triunfador del ciclo pamplonica, y con la etiqueta de 'consentido' de la que antes gozaron su abuelo y su padre. Y a ver quien osa quitársela.

Contó Cayetano, todo hay que decirlo, con dos toros de calidad exquisita de la buena corrida de Cuvillo, una ganadería superlativa, que además presentó el encierro más parejo y más entipado de todo el serial. Que embistiera era cuestión de sentido común, el que se tuvo al seleccionar y embarcar un lote que debería ser ejemplo en lo sucesivo de lo que es el toro de esta plaza. Porque hubo animales serios, incluso aparatosos, pero dentro de unas proporciones no reñidas con la coherencia. Frente a ellos también sumaron Ferrera, que volvió a dejar retazos de su renovado concepto, y Perera, sobrio y rotundo, autor sin duda de la mejor faena del espectáculo y quizá de la feria, pero no de la tarde, porque la tarde tenía otro contexto y otro dueño...

El tercero, alto, muy amplio, destartalado de testa aunque fino de hechuras, embistió con suavidad y temple en el inicio de faena de Cayetano, que improvisó un comienzo en tablas, incluso intercalando un molinete de rodillas. Hubo limpieza y tersura en el toreo sobre la mano derecha, aunque fue por el lado zurdo por donde el animal enseñó de modo más evidente su clase y calidad, y por donde llegaron los momentos más loables, sobre todo la última serie de un trasteo sobrio rematado de una gran estocada, que desencadenó una petición unánime del doble trofeo.

Alto, con cuello, fino y bien hecho, el colorado sexto, se desplazó en el capote y permitió un toreo despacioso y acompasado de Cayetano, artísticamente, el culmen de su tarde. Principió faena en tablas, primero sentado en el estribo y luego con las dos rodillas en tierra. El toro, pronto, se desplazó y tomó el engaño con franqueza. Cayetano lo toreó con temple en una faena que tuvo trazo y elegancia en su primera parte, hasta cambiar el registro con una serie sobre la mano derecha ejecutada toda ella mirando al tendido, y rematada de un afarolado ligado a un pase de pecho. Con las peñas al loro, el cierre por molinetes de rodillas con desplante tirando los trastos puso de nuevo en ebullición los tendidos de sol. Otra estocada contundente hizo el resto. Le llegaron a pedir el rabo. Y no de modo tibio, precisamente.

A 'Rosito' le dieron la vuelta al ruedo, pero seguramente fue 'Pregonero' el toro de la corrida, un jabonero hondo y amplio, más bonito de cuerpo que de cara, que soportó hasta el final un toreo recio y exigente de Perera, una obra incontestablemente sólida, como la temporada del extremeño, que con una espada más regular seguramente se estaría contando de otra manera. Embistió el 'cuvillo' con ritmo y son, profundidad y humillación, durante toda la faena del pacense, que siempre en el centro del ruedo, obligó mucho al animal por abajo en una faena de mucho sometimiento y autoridad; una obra maciza, porque nunca decayó el nivel ni el diapasón de la misma. Tuvo importancia el modo de enganchar por delante, de someter por abajo y de soltar la embestida por debajo de la pala del pitón. Como sucede en los pueblos, el valor de la faena no lo calibró la autoridad de la obra sino la eficacia de la espada...

Ya en el segundo, frentudo pero bajo y astifino, se quedó sin reconocimiento después de que el acero viajara a lugar indeseado y arruinara una obra que tuvo fondo por el modo de dilatar una embestida reticente. La estocada al cuarto sirvió a Ferrera sin embargo para cortar una oreja al cuarto, ejemplar serio, bajo, recortado pero rematado, que embistió renqueante tras un puyazo en mal sitio, pero con una calidad almibarada. Ceremonioso y pausado, Ferrera le extrajo naturales exquisitos poco celebrados por una parroquia que por entonces masticaba a dos carrillos. Por eso fue la tizona la que inclinó la balanza a favor del torero. El primero, basto pero bajo y con buen cuello fue el peor de la corrida. Lo movió con oficio el torero por ambos lados, exhibiendo veteranía y recursos, antes de despacharlo con suficiencia.



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