No eran toros para hacer el toreo tal y como hoy se concibe. Ni siquiera para la lidia decimonónica, porque la tipología y sobre todo la alzada de los 'miuras' que cerraron este San Fermín 2019 estaban hechas a la medida de los Gigantes y Cabezudos que recorren cada mañana el casco viejo de Pamplona. Las pezuñas, las sienes, las mazorcas... eran más apropiadas para que se pusieran delante los kilikis que tres matadores de toros. Se jugó el tipo Rafaelillo, volteado de modo violento y herido de forma severa por el cuarto y dio la cara Chacón, que por percance de su compañero se vio obligado a matar hasta tres galafates de Zahariche. Juan Leal merece un capítulo aparte, porque tiró la moneda unas cuantas veces, pero la lanzó, además, para hacer el toreo. La actuación más cara de toda la feria llevó su firma.

Rafaelillo tenía que mirar para arriba para ver el testuz del primero. Y no es una forma de hablar; sin montarse, el colorado tenía más altura que las tablas de la barrera. Embistió con cierto son en el capote, empujó en varas (toda la corrida se sujetó y hasta sacó nota en el peto) pero en banderillas empezó a cambiar, y a la muleta llegó defendiéndose, le costó pasar. Rafaelillo lo movió sobre la mano derecha pero en bosquejo de muletazos, porque ni el toro pasaba, ni el torero tenía envergadura para que el de Miura deslizara tras el trapo toda su anatomía. Faena desarrollada casi íntegramente sobre el pitón derecho, porque por el lado zurdo el toro era una persona. Hacer referencia a la solvencia, el oficio o la capacidad del murciano para definir su actuación es quedarse muy corto.

Luego le tiró dos largas en el tercio al cuarto, más bajo y estrecho, pero muy amplio de cuna. Ya entonces embistió frenada la mole, sin terminar de soltarse. Se dejó pegar, sin humillar y sin entregarse, y cortó y echó la cara arriba en el último par de José Mora, que expuso sin cuentos. Se tiró de rodillas el torero para principar faena, y en el primer muletazo por el pitón izquierdo lo encunó y lanzó contra las tablas de modo violentísimo. Allí lo recogió de nuevo el astado y lo empotró en segundos que se hicieron eternos. Cuando lograron quitarle de encima al animal, éste le había metido el pitón por el costado ocasionándole un percance muy serio..

En realidad la cornada de Rafaelillo y su épica gallardía acabó con el festejo, que en el capítulo anterior había vivido uno de los trances más importantes del abono. Juan Leal, el protagonista, que hizo todo lo que el libreto dice que no se puede hacer a un toro de Miura: Se fue a portagayola, se echó el capote a la espalda, inició faena con un pase cambiado por la espalda para luego torearlo en redondo de rodillas... porque Juan Leal además de jugársela, lo quiso hacer toreando. La serie que, a continuación le ligó con la mano derecha está en el cuadro de honor, no sólo de la feria, sino de la historia de esta ganadería, porque incluso le corrió la mano, le dejó la muleta en la cara y se quedó en el sitio para ligar, pese a que el toro sacaba la cara a la altura de la hombrera.

Luego el animal no le dejó ligar los muletazos sin rectificar terreno, le obligó a perder pasos, pero el diestro siguió pisando terrenos muy comprometidos, tratando de meterse muy entre los pitones, con una autoridad tremenda. Dejó una imagen inmejorable el francés en su debut en San Fermín, pero la espada, que viajó a lugar indeseado, le hizo perder la oreja de más peso de todo el abono. No pudo redondear luego en el quinto, otro 'miura' corpulento y largo de viga que no se empleó de salida y no quiso pasar nunca en la muleta del torero galo, que se metió entre los pitones con enorme determinación, pero el toro ni tuvo embroque ni transmitió arriba su condición.

Por el percance de Rafaelillo, Octavio Chacón tuvo que despachar tres bigardos de la A con asas. Su primero, aunque se movió siempre sobre las manos, al menos se dejó pegar pases. Chacón le aprovechó técnicamente esta movilidad en una faena habilidosa, que ganó en reposo cuando el toro bajó el ímpetu mediada la faena y comenzó a salir desentendido de cada pase porque, como toda la corrida, de casta andaba al límite. El que cogió a Rafaelillo embistió con cierto temple por el pitón derecho pero por el lado zurdo era ilidiable mientras el mastodonte que cerró feria, estrecho y huesudo pero con casi un metro de pitón a pitón, aminoró sus estrechas prestaciones conforme se desarrolló una faena que, como el toro, quedó en esbozo.


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