Lo de menos son las dos orejas, por muy necesarias que fueran. El triunfo de Diego San Román en la novillada de aperitivo a este San Fermín es la constatación de todo lo que se le ha intuído a este novillero desde incluso antes de debutar con los montados. Un valor en potencia, sustentado precisamente en ese aplomo y esa autenticidad con la que se desenvuelve ante los astados, pero para obtener rédito de un solo modo: toreando. Cite, embroque y remate transpiraron verdad. Imposible no sobrecogerse. Tampoco quedar indiferente. Quedan matices por pulir, porque apenas suma quince novilladas, pero el mexicano dispone de unos mimbres tan sólidos como el triunfo obtenido en la vieja Iruña.

Es de justicia reconocer que se llevó el mejor ejemplar de una novillada de El Pincha manifiestamente mejorable que enlotó animales con movilidad, pero que raramente quisieron seguir los vuelos de la muleta. Las caras sueltas, el genio y las embestidas defensivas fueron una constante en el espectáculo con una sola excepción, la del quinto, cuya merma en los cuartos delanteros impidió que terminara de desarrollar la buena condición que se le intuyó. Frente a él saludó una ovación Antonio Grande, que como Francisco de Manuel resolvieron con decoro una oportunidad que tuvo aroma a caramelo envenenado.

Aunque muy vencido de salida, el tercero fue el mejor del envío. Largo y con cuello, empezó a humillar tras pasar por el peto y luego embistió con protitud y repetición a la muleta de Diego San Román, que arrancó a la banda después de una serie notable con la derecha. Otra más en ese son, con la muleta por delante, muy embraguetado el embroque, rematando detrás de la cadera y por debajo de la pala del pitón, antes de echarse la muleta la zurda por donde la labor creció aún más por la lentitud y el ralentizado trazo de los muletazos, sobrios, casi desmayados, sin apenas toques. Gran dimensión. El cierre estuvo a la altura de la obra, y también la estocada, tan rotunda como fue la faena. Las dos orejas, inapelables. El novillo premiado con la vuelta al ruedo con toda justicia.

Más basto el sexto, que repitió con celo en el capote de San Román y se empleó en el peto más que sus hermanos. Sin embargo, se quedó debajo en el inicio de faena del torero mexicano, que lejos de amilanarse se hundió en la arena, aguantó miradas y tiró del animal con pulso y bragueta, porque hasta se dejó que los pitones sacaran lustre a la banda de la taleguilla. Apabullante demostración. Cerró faena por manoletinas con el novillo enseñando la bandera blanca, muy refugiado en tablas antes de que la espada le impidiera aumentar su balance de trofeos.

El segundo, después de embestir con temple de salida derribó en el primer encuentro con estrépito y salió del caballo un tanto suelto y descompuesto, punteando las telas al final del muletazo y ensuciando la dispuesta faena de Antonio Grande. Se violentó mucho el animal cada vez que tropezó las telas, incluso derrotó con feo estilo y buscó al salmantino, que dio la cara pese a que el astado vino al paso y se quedó debajo en ocasiones. No terminó de desplazarse en los vuelos el quinto, que posiblemente lesionado de los cuartos delanteros, y le costó tirar para delante. Se metió entre los pitones Antonio Grande pero ni acortando las distancias logró que el animal respondiera. A toro parado logró un volapié de libro.

Calamocheó mucho de salida el primer ejemplar de la feria, que luego no terminó de emplearse en el peto, protestando incluso. Esa falta de ritmo y esa aspereza la exportó luego al último tercio. Francisco de Manuel, que inició la faena de rodillas al hilo de las tablas, llevó a cabo una labor muy entonada, por limpia, dadas las condiciones del geniudo ejemplar de Baigorri. La espada hizo que su esfuerzo no fuera reconocido al final de la lidia.

El cuarto embistió con las manos por delante en el saludo, suelto y a su aire. Y en esa línea embistió luego a la muleta de Francisco de Manuel, sin viajar metido nunca en los vuelos y soltando la cara al final del muletazo primero y desentendiéndose después del embroque luego. En las postrimerías el novillo de metió por dentro en el inicio de una serie con la mano zurda y propinó un golpe seco al torero en la zona testicular, que en principio no tuvo más consecuencias que las propias de un derrote de esas proporciones. Se valoró la actitud del torero, al que se vio hecho para resolver las complicaciones de los astados que le cupieron en suerte. El descabello, en esta ocasión, fue quien le acalló su actuación.



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