La corrida de El Puerto volvió a poner en entredicho el denominado 'toro de Pamplona', una expresión común, que no escrita, entre profesionales y aficionados cuya acepción, si existiera en el diccionario de la RAE, sería algo parecido a esta: 'animal grande, generalmente destartalado, de alzada desmedida y una desproporcionada amplitud de sienes en el que prevalece más su aptitud para el encierro que sus hechuras para hacer el toreo'.

Dicho de otro modo, seleccionar un toro, para la plaza que sea, es también (y sobre todo) cuestión de gusto. De buen gusto, se entiende. Nadie dice que el toro de Pamplona deba de ser chico. Ni mucho menos. Pero sí que la seriedad guarde relación con la proporción en su conformación. Hablamos de trapío en definitiva. Porque, con todo lo grandes que eran y el peso que arrojaron en la báscula, hubo varios toros de El Puerto sin trapío, otro concepto subjetivo, abstracto a veces, pero que se tiene o no se tiene; Un consejo, el toro que se lidia en Madrid o en Bilbao, que es imponente, pero está mejor hecho. Y además, embiste. Qué cosas.

La corrida de Lorenzo Fraile, con los dos hierros y las dos procedencias de la casa, tuvo el denominador común de la falta de raza y bravura. Los hubo nobles y pacíficos, como el lote de López Simón, pero sin la más mínima transmisión que generara al menos una cierta sensación de peligro. También el cuarto dejó estar, incluso el sexto, aunque a media altura y sin entrega, otro defecto común de la corrida. Toro con dos pitones bien distintos el tercero, al que Ginés hizo ver mejor de lo que fue, y verdaderamente complicado el primero, el peor de una corrida manifiestamente mejorable.

No hubo manifestación al final de ninguna de sus actuaciones, pero con el material que tuvo enfrente, la tarde de Ginés Marín fue verdaderamente importante, reveladora de que el extremeño atraviesa un momento de madurez evidente, del que ya dejó constancia en el último San Isidro. Su primero era un toro por cada pitón; pasaba, sin emplearse, queriendo irse por el izquierdo, mientras que por el lado zurdo medía, probaba y venía por dentro, derrotando con saña además.

Ginés le dejó la muleta en la cara con la zurda, dándole celo, sin apretarlo, dejando que el toro pasara a su altura, y de ese modo consiguió muletazos de largo trazo, con una clarividencia deslumbrante. Pero cuando la faena comenzaba a coger calor y color, el toro se desentendió al final de cada pase. Cogió Ginés la derecha y aún tuvo tiempo de tragar al animal y robarle una serie de sordo mérito. Impecable el torero que coronó su obra de pinchazo y gran estocada.

El sexto fue más bajo y más fino, pero su cuna era inabarcable en los engaños. Hubo de esperarlo y aguantarlo mucho el torero extremeño que de nuevo con la zurda consiguió pasajes brillantes, sobre todo una serie de tres muletazos -los que el toro admitía- francamente buena, seguramente la mejor de toda la tarde. Pero ese pitón fundamentó una obra recia, sin eco, porque el toro era una pava, pero de gran solidez, culminada de estocada corta.

El primero, suelto en los primeros tercios, marcó querencia en banderillas y apretó a los subalternos de Emilio de Justo, que luego pasó un rato delante del 'lisardo', que probó, midió y esperó al torero siempre muy engallado, sin descolgar nunca. El cuarto fue un 'aldeanueva' del hierro de La Ventana, alto, estrecho y sin remate, que embistió con cierto ritmo en el inicio para perder pronto el celo. Hubo muletazos sueltos con estética y buena expresión del cacereño, una pena que el toro no permitiera ligarlos. La tardanza del toro en doblar y su demora con el descabello dejó la faena sin reconocimiento.

López Simón tuvo dos toros de distinto encaste pero parecido comportamiento, obedientes, pacíficos, pero con el depósito de raza al límite. A ambos principió faena del mismo modo el torero de Barajas, de rodillas al hilo de las tablas. Al 'lisardo' de El Puerto trató el torero de darle fiesta, aprovechando la idiosincrasia de esta plaza, pero el toro, aunque dejó estar, no terminó de acompañar la propuesta del torero. El quinto, un colorado de La Ventana, origen María Antonia Fonseca, fue con diferencia el mejor hecho del envío. Sangró mucho en el peto tras coger al caballo por el pecho y obligar al piquero a defenderse, y llegó a la muleta con buen son y poco brío. Lo movió bien el torero antes de que el toro, exhausto, se acabara echando. Sobró la vuelta al ruedo, en nuestra humilde opinión.



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