Cogió Ferrera el lápiz por el extremo opuesto a la punta y escribió una hermosa apología de la locura. Por donde se halla la goma de borrar escribió. Toreando despacio a la lentitud detenida de paso del caracol humillado que fue el sublime toro de Zalduendo. A la que dibujaba una tanda reduciendo la embestida, con la goma borraba lo hecho, pleno de la locura que solo tienen los cuerdos, insatisfecho de lo creado. Y escribía otra línea, otro trazo, otro muletazo de abandonada caligrafía. Toro y torero se pusieron de acuerdo hablándose en susurros de insatisfacción creativa, buscando otra belleza más en cada pase. Liberados toro y torero de los dogmas de la cordura que el toreo y la vida nos ha impuesto, pusieron al toreo en el lugar exacto en donde aun viven Velázquez, Cervantes, Picasso o Lorca.  Es el toreo quien nos cura de la cordura. La locura de Luis David de regresar a la cara del toro tras una brutal cogida. La locura sabia de criar toros en un mundo de cuerdos anónimos. La gloria solo ama a la locura.

Acá nos tocó vivir estos tiempos. Eunucos de felicidad asistida igualitaria nos hacen. Sólo el toreo, a veces, nos rescata de esa uniformidad que niega a cada hombre su potencial de genialidad, la posibilidad de escribir con el extremo puesto a la punta del lápiz. El regreso de Zalduendo, con un toro de clase superior para escribir el toreo en el aire, otro de fondo para torear dentro de  un conjunto serio y leal con el toro bravo, se ubicó en medio de la esperanza de la vida de un torero. Torero y hombre castigado por los toros e interrogado por la insatisfacción que nace de toda  inteligencia sensible, Antonio Ferrera. Los ecos de las palmas de reconocimiento tras el paseíllo continuaban a la salida de "Bonito" toro serio, corto de manos y bajo, de salida indolente, a su aire, despreciando prisas y cánones de catálogo.

Brindó al Cielo Ferrera y se puso la muleta en el hombro, donde se la ponía ese otro sin par, El Pana, torero de un país, México, en donde aún la locura del toreo anima a la esperanza del arte. Antes le había hecho el Quite de Oro con guapeza en el entreacto de varas, donde el de Zalduendo cumplió. Sentado en la silla de la naturalidad y en la enorme calidad del toro, siempre con el mismo son, el mismo tranco, el mismo modo de embestir con el pitón de adentro, humillado y en lenta profundidad, Ferrera escribió la cordura de la locura del toreo. Sin ayuda de espada, todo fue natural, desde los cites suaves con los vuelos, cuerpo anclado pero sin la hipertensión actuación de quien se ancla. 

Toreó casi con timidez. Como en soledad. Como observando lo hecho una vez hecho para decirse: este verso es mejorable, este trazo de pincel es superable y como diciendo al toro: aún puedes embestir mejor.  Una faena donde hubo recuerdos del dogma, sí: ceñimiento, tandas al uso del canon, pero sobre todo libertad de creación, con trazos de muletazo que reducían la forma mexicana de embistir de un toro superior. Solo reducir es el toreo de arte. Pocos toros piden ese tiempo detenido y humillado y pocos toreros pueden hacerlo. Se apartó diez metros del toro y lo dejó venir andando para una estocada escrita con lo inverosímil: el extremo puesto de la punta del lápiz. Y aún el toro metió la cara profundo en los vuelos, con el acero dentro.

Sería una osadía tratar de recordar escribiendo el caos emotivo de una obra sin más calificativo que la que el propio toreo concede: libre. Ser libre es la mejor razón para ser vivo. No se dio por enterado el presidente, que sólo le concedió una oreja. Los  presidentes de las plazas de toros son los cuerdos que tratan de poner cordura en la locura que desata el toreo. Una tarea de censores de la inteligencia emocional. Fea y desaconsejable tarea. Pero esa querencia  innata hacia censura de las emociones libres, quedó desnuda de voluntad en el cuarto, un toro más grande de cuerpo, fuerte y serio, de salida a su aire, sin celo y sin fijar, que saco un fondo enorme por el pitón izquierdo.

Los primeros muletazos por el pitón derecho tuvieron feo acople y el desencuentro que existe cuando un toro no la sigue hasta el final y el torero trata de torear hasta el final. Cambiada la muleta de mano, ahí fue otra cosa. Creció la faena en el tercio, Ferrera al aire de su libre albedrío, a más el calado en el público, haciendo uso de lo que el toreo también pide: la locura de la inteligencia, el ver querencias, jugar con ellas, tirar el brazo más largo hacia los adentros, buscar el toreo paralelo a tablas. Ese juego mágico de lo lúcido le hizo sacarlo afuera varias veces, para torear hacia los adentros sin catálogo ni otra cosa previsible. Hemos hecho un toreo demasiado predecible, dijo Ferrera y dijo el toro. Una estocada recibiendo dio paso a la dos orejas.

Las notas de esos toros no las sacó el resto de una corrida honorable. Incluso el quinto, que metió la cara con mucha clase al pasar para irse en la muleta de Curro Díaz, fue el más insumiso de bravura. A este le dejó ahí Curro pases de categoría, con el toro yéndose, pero con una torería intachable. El segundo tuvo su fondo y nobleza, pero falto de un tranco o dos para irse más y mejor de los vuelos en una faena de colocación perfecta, bello embroque y todo ello bajo el secuestro del suceso de Ferrera, porque fue faena importante, torera y de entrega, termina de una buena estocada, como la que le recetó al quinto.

Cuando Luis David apretó al tercer toro sobre el pitón derecho en tandas de mando, creció una faena que en la primera tandas habían sido una especie de linea recta sin eco. Creció y fue a más todo, emoción, ajuste, trazo más limpio, eco en la grada. Fue toro para no dormirse y estar vivo, de fondo para domar y el mexicano estuvo más que digno con él antes de una buena estocada. Pero la prueba de la locura llegaría en el sexto, el más basto de tipo, poco gastado en varas, de áspero pitón izquierdo y de carbón por el derecho. Iba la faena hacia arriba cuando le echó mano el toro para pegarle una paliza tremenda. Se soltó de las asistencias a la llamada de la locura, volvió a la cara del toro muy mermado y le enjaretó dos tandas mas de órdagos, pero no pudo matarlo bien.

La cordura, quien la quiere. No hagan caso. Nada soy sin esa  mi locura, decía Dalí : estar al lado de las emociones, de las aventuras, de los amores, de la poesía, de los atrevimientos, de todo lo que nos hace ser más libres, al lado de lo que nos da la fórmula para amar con la locura de los que aman. La cordura, quien la quiere, quien la desea, quien la anhela. Locura es apostar por la vida. Locura es criar toros. Locura es venirse de México a torear, salir de nuevo al ruedo a jugarse todo, locura es salirse de paso marcado por lo correcto: apostar por una ganadería histórica como ha hecho la familia BailleresLocura es escribir con  el otro lado de la punta del lápiz, Antonio. 




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