Existe el infierno y sus demonios. Más que el cielo, que sólo es presunto. Existe, alimentado por los hombres neutros, los hombres nada. Los hombres torero son otra cosa. Aventureros en tiempos de aventuras prohibidas. Buscando ese cielo presunto que llaman gloria a través de la seducción del diablo. Que les corteja en susurros para que no cruce la raya, para que ponga a salvo carnes y arterias. Román cruzó una y mil veces esa frontera frente un toro de peligro y cornada expresadas con las manos y los pitones, en continuo derrote hacia arriba. Tantas veces le había rozado pecho y rostro, sin lograr herirlo. En cada pase le seducía el diablo: conserva la vida, olvida el cielo. Con un paso más allá respondía el toreo. Pero en esa emboscada que es hacer la cruz para entrar a matar o a morir, a Román lo cazó el toro. Le metió el pitón por el muslo, tiró arriba dos derrotes, giró el cuerpo. Y, al caer al suelo, la herida era generoso grifo abierto. Así acaban los cuentos de caballeros y demonios, con el diablo muerto y el torero alcanzando una gloria sin que, quizá, exista el cielo. El toreo es la gloria sin necesidad de cielo alguno. Curro Díaz, que hizo el esfuerzo más cabal y leal que jamás haya hecho, sabe que esto es así.

Eso no lo sabe el hombre del palco. Cuatro dedos, señalaba con su mano el hombre, mientras Román enseñaba los mismos cuatro para rogarle cambiara el tercio. Con un toro que andaba a la caza humana un señor hace ostentación de que sabe contar hasta cuatro. No me tapo: eso es estúpido e inhumano, tan reglamentista como irresponsable. Si llega a pegarle la cornada a El Sirio, que se escapó de milagro, el responsable es él, no un Reglamento. Pero como la estupidez es la querencia del insensible, hizo la misma ostentación de saber contar hasta cuatro en idéntica circunstancia. Hay actitudes que exceden la lógica de la evolución humana por estupidez irresponsable. Sobre todo, viendo que el ruedo Román había excedido la lógica con actitud responsable, como lo hizo Curro Díaz, los dos pasando la raya sin que nadie les contara hasta cuatro. Los toreros torean, hacen arte, se juegan la vida y la exponen sin necesidad de un Reglamento que les obligue a arrimarse.

La corrida de Ibán, astifina y áspera, fue indómita, dura y peligrosa por usar siempre las manos y el tercio delantero para derrotar y tirar cornadas, menos en el segundo y en el cuarto, que enseñaron un prólogo de bravura de duración escasa. El ejemplo de dureza la mostró el tercero, un pleno de seducción del demonio. El infierno existe porque existen los hombres cuyo instinto de conservación es proporcional a su nada humano. Eso no va con el toreo. Román se puso cerca de las dos puntas en las que terminaban los pitones, medio pecho mostrado, ancladas las piernas. Había que llagarle mucho al toro, que había hecho pasar las de Caín a Raúl Martí en la brega al echar cuerpo y pitones a la esclavina del capote. Román aceptó el envite para citarle en corto.

Le aguantaba el primer envite de derrote, le robaba el segundo pase, se colocaba de nuevo, pasaba la raya otra vez, con las dos manos, por los dos pitones. La faena más dura de la feria, la más agria, la más de torero macho. Hasta se rajó el diablo, vencido por tanta osadía. Pero en la ultima suerte de la cruz, el toro le tapó la salida, le metió el pitón hasta la cepa. Muerto el diablo, su pitón derecho estaba como pintado de sangre. Mientras era operado, Curro Díaz le dio merecido homenaje a Román. Dejó la montera en lo alto de la barrera, frente a la enfermería y se puso a torear derecho como una vela, exponiendo cuerpo, en una faena medida, pulcra y torera. Siempre sin esconderse, generoso en colocación y cites, guapeza en el embroque y la expresión, con el toro a menos, siempre con la cara a media altura. Una oreja de cuórum y bien ganada tras la estocada. Una oreja, que dice poco de su tarde.

Porque se las vio con un toro peligroso por geñudo, sobrero de Montealto, que se movió poco y sobre las manos, derrotando arriba seco y feo y él se puso como si fuera una buena becerra de tentadero. Todo un derroche de esfuerzo. Y al sexto, que tuvo de embestida corta y fea por el pitón derecho y aspereza defensiva por el izquierdo, lo toreó guapamente sin proteger el cuerpo ni aliviarse, dejando detalles sobre las piernas en algunos remates toreros a carta cabal. Quién sabe si acierta a la primera con la espada.

Sangró mucho el segundo, el toro de mejor condición, con que el que Pepe Moral puso oficio pero sin lograr eco y brillo. Acortó distancias cuando el toro comenzaba a garrarse al piso, muy sangrado, y allí acabó todo, porque el segundo de su lote fue un toro cuyo feo estilo y mala baba quedó más oculto al no tener poder para desarrollarlo. Y ni que decir tiene, que, de nuevo, el viento añadió ventaja al enemigo. El enemigo es que ni se puede hacer el toreo ni se puede hacer la lidia ante el toro de peligro. Pero a quién le importa el viento. A la Comunidad sólo le importa el dinero que ingresa y las dos docenas largas de asientos en sus callejones. Nerón arriba, la estulticia indiferente de los que ven toros por la patilla abajo. Síntoma evidente de la evolución sensible del toreo, Patrimonio Cultural de los hispanos.

Dice el parte facultativo sobre Román lo que dijeron los augurios nada más soltarse del pitón del toro. Una herida por granada de mano. Del toreo cada vez me seduce más esa forma de irse hacia allá de los toreros cuando la sensatez del diablo les seduce el instinto de conservación. Un no cruces la raya. Un no merece la pena. Es ese momento de aventura equinoccial, de aventura al galope, de aventura desubicada, irracional, irreverente, una real aventura de cuentos que ya no se cuentan, la que me interesa. La gloria, los toreros lo saben, no habita en cielo alguno. La gloria es desde el infierno. En el toreo y su arte y su drama, las puertas de cielo presunto sólo se abren desde el infierno. Y eso sólo lo captarán los talentosos que no saben contar hasta cuatro.



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