Tratada con cariño y afecto en el reconocimiento, lidió completo Valdellán el lote. Es bueno que haya partidarios de todo y de todos y de toros. Ni una sola protesta para señalar la escasa presencia de los tres primeros. Petición de vuelta de los partidarios para el notable tercero. Fue un exceso de confianza al confiar que el resto del público iba a secundar el exceso. Pero fue un buen toro, de clase y raza, terciado de cuerpo, algo alto de manos, degollado de papada, de lomo recto, poco perfil y cornicorto. Un 'santacoloma' en tipo. Lo toreó a su honesta manera Cristian Escribano, que enlotó a un grande, pacífico y noble con posibles en la muleta. Luego hubo un toro para jugarse todo y más, con las dudas de lo iba a dar a cambio. El quinto. El resto, dos mansos chicos y sin raza y uno correoso que venía reponiendo con el que Robleño estuvo en torero cabal y esforzado. Bienvenido el afecto, a la espera de que sea para todos.

Lo de Santa Coloma nunca fue grande. Lo es ahora. En una feria de toros torazos y con mucha edad, el trabajo de los ganaderos para hacer que embistan superior muchos de ellos es un misterio. Hoy, el más terciado para los gustos de hoy, pero el más razonable si miramos su afinidad a la genética oriunda de este encaste, fue, de lejos, el de mejor nota. Vemos a tantos toros de esta sangre salir con la cara por arriba, que contemplar como la metió abajo en los vuelos del capote de Cristian Escribano, era sorpresa y delicia. Esa humillada forma de embestir estaba revestida de la raza y fuerza suficientes. Y, además, le permitió al torero algo que no suelen permitir estos toros: usar la inercia con los cites en distancias largas y medias.

En la faena se vio toro siempre, aunque no se viera su real fondo sin la inercia: enganchado con los vuelos, trazo por debajo de la pala del pitón y un intento de reducir sus embestidas. Hubo mucho por el piton derecho, en tandas jaleadas, pasado a un ritmo rápido. Un desarme, un menor acople con la izquierda no hubieran evitado el corte de oreja, pero, perfilado lejos, marrando con la espada, el torero cambió el pelo por dos avisos. Al final, el jaleo para el torero se convirtió en petición de vuelta para el toro. El sexto, degollado, estrecho de sienes, muy lleno, se movió indolente y noble, perdiendo el celo al salir de los vuelos, sin que el torero tratara de ir a buscarlo. Pacífico y noble, dejó estar.

La paz a su aire, suelto cada vez que pasaba por el capote, con la que el cuarto salió a la plaza, fue cambiando tras un tercio de varas en el que el toro cumplió sin más para resultar toro correoso y reponedor. Humillaba, obedecía al cite, pero venía para quedarse al no salirse de los vuelos de la muleta, sino reponiendo. Robleño le hizo una faena larga, tesonera, perdiendo pasos, para que el toro no se le quedara debajo, alternando pitones, y haciendo un esfuerzo que los del afectuoso cariño respecto a la corrida, no valoraron del toro. No es sólo cómo va sino cómo sale o se va. Venir para quedarse es jodido asunto.

Lo mató por arriba el torero, que ya había estoqueado superior al primero, un toro terciadito, de lomo quebrado, cornicorto en sienes estrechas, lucero, calzado, coletero, bragado y girón, que sacó raza escasa, bravura inexistente y poder escaso. Tampoco le superó en esos “escasos” el segundo, zancudito y justo de cuerpo y cara. A media altura, se movió así: se tragaba el pase que se tragan todos los toros, y al segundo o tercero, se venía por dentro de forma incierta y con el piton de afuera. Iván Vicente se atascó con la espada. El quinto toro, enrazado, de nervio, difícil de ligar los pases, fue a peor. Luego de dos tandas bien logradas con la mano derecha, la faena cayó en una especie de probaturas, con el toro sin la claridad inicial, perdiendo el ritmo inicial, reponiendo a veces, otras siguiendo los vuelos sin la profundidad inicial.

Menos los dos primeros, la corrida cumplió en varas. Eso si, maticemos que ser pronto a la hora de ir al caballo, como el quinto o el sexto, para luego regañar en el faldón sin tirar de riñón, no es propio del bravo, sino del toro pronto. Una cosa es una cosa y otra es otra. Pero en Madrid hay afecto a los tentaderos y lo que más gusta es un "ponlo de lejos". Esa suerte consiste en cómo acude al caballo (si tardea o es pronto, en qué distancia...), qué hace en el peto (si mete la cara abajo, si es más arriba, si no derrota, si tiene fijeza, si se emplea con las manos o con el tercio delantero o con los riñones, romaneando) y cómo se sale de la pelea. Al bravo hay que sacarlo, claro. Pero en las corridas con afecto estas cosas son irrelevantes.



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