Varada en esa inercia del silencio que va cayendo toro tras toro como una losa en Madrid, la antepenúltima del 'maratón' de San Isidro fue tarde en tránsito. Fría víspera a la espera de las dos últimas tardes de clavel. Cultura y Prensa mediante. Roca Rey (@RocaRey), el sábado. Aguado, el domingo, las dos novedades que todo hijo de vecino quiere ahora mismo ver. Antes, el viernes, una corrida de Fuente Ymbro, fea y basta de hechuras -no es baladí embarcar tres corridas para Madrid en un año-, muy desigual por fuera y por dentro. Destacó un quinto, de buen son y con calidad, con el que Pepe Moral no terminó de acoplarse. Sin ser bueno, el lote de Morenito -un manso noble primero y un cuarto sin finales- también ofreció alguna opción, mientras que el de Garrido -exigente el tercero, a peor el sexto- fue el más tenue. Los tres, anclados a ese silencio irrevocable.

Y eso que no escatimó en pólvora Morenito de Aranda tras el paseíllo. Se fue a chiqueros a desperezar la tarde, ventosa otro día más y van... Salvó el duro trance de esa vereda de miedos hasta el portón el burgalés, con una larga ajustada, después de frenarse el toro en la salida por dos veces. Toro bastito y enseñando las palas, a dos semanas de los seis años, que no paró quieto y manseó, manseó mucho, desentendido, en todos los tercios. Hasta Zamorano tuvo que banderillearlo de dentro a fuera. Embistió por fuera y abriéndose una barbaridad, aunque sacó esa brizna de nobleza del mansurrón. Morenito le ganó pasos para ligarle sin apreturas, pero en la que faltó dejársela más puesta para sujetarlo. Lo mejor, tres trincherillas marca de la casa, de cartel, a mitad de faena. Luego, el feo cuarto, castaño con mucho volumen y muy abierto de cara, tuvo fijeza y mejor inicio de muletazo que final. Hubo mayor entendimiento, porque la tomó mejor el toro, cuando logró ligar en paralelo más que en perpendicular a tablas. Pese a todo, nunca tomó vuelo aquello.

Como él mismo afirmó, no vino de cara la tarde, ni el San Isidro, para Pepe Moral. Al grande y alto de cruz segundo, obediente a los cites, trató de coserle a la muleta sus inercias. Pidió siempre vaciar los muletazos para ligarlo por el derecho, menos recorrido tuvo por el izquierdo. Por ninguno de ambos, hubo acople entre toro y torero, nada cómodo -ni con el toro ni con Eolo- optó por fiarlo todo al quinto. Burel amplio de cuna y con leña. Agresivo y astifino desde la mazorca, una guadaña en el izquierdo, fue el toro con más ritmo y calidad en sus humilladoras embestidas. Apostó con dos angostos cambiados por la espalda hieráticos con la montera sobre las zapatillas, pero luego volvió a faltar ajuste. Corrió la mano sin demasiada reunión por ambos pitones en un mar de probaturas y, más pronto que tarde, tiró por la calle de enmedio.

Confíaba José Garrido en poder 'catapultar' su carrera en este San Isidro. El Pilar fue el K-2. Fuente Ymbro, el Everest. Su primero, un tercero con menos cuerpo que el resto pero amplio de cuna, veleto y ofensivo, fue animal exigente, que no se fue de los vuelos y obligó al pacense a perderle pasos en una faena monopolizada por la diestra. Además, a partir del tercer muletazo se 'venció' por dentro perenne en su embestida, lo que le costó alguna 'colada' de contener el resuello. Devuelto el sexto, salió un sobrero bajo y mejor hecho de Conde de Mayalde que salió 'enterándose' e hizo cosas de correleado, frenándose en el saludo de capa. Logró arañar tres, cuatro, naturales de enjundia, pero al final de esa tanda, quizás, faltó limpieza para prender la mecha del todo. Fue Alfa y Omega, porque el bis cambió a peor, empezó a reponer, a humillar menos y a 'acostarse' más en el viaje. Garrido tomó el camino de la espada, sin filo, y comenzó a mirar al horizonte. Granada, Algeciras, Burgos, Pamplona... ya esperan.