Abrió San Isidro una corrida imponente. Agresiva por delante, llena y honda, con volumen y romana, pero sin perder la fidelidad a su encaste. Santacolomas grandes sin ser destartalados, reconocibles en su tipología porque sus hechuras, pese a maximizarse considerablemente, no eran desproporcionadas ni atentaban contra el buen gusto. Más, eso sí, para enseñarla en fotos que para ponerse delante, tarea que, por su referido trapío ya de por sí costaba trabajo. Pero es que luego al encierro de La Quinta, que tuvo virtudes loables en algunos de sus toros, careció de entrega en la mayoría de los casos. Y ese defecto común impidió que los momentos lucidos que puntualmente tuvo la tarde, se terminaran de concretar.

Destacó el pitón izquierdo del segundo, un berrendo voluminoso pero entipado, al que Javier Cortés cogió el ritmo a ratos, y embistió con calidad el cuarto, al que entendió y trató superior Rubén Pinar. Con un punto más de duración y seguramente unos kilos menos hubiera sido un gran toro. Pero acusó la báscula, como el resto que, aún contando con el patrimonio de la movilidad, careció de humillación y finales.

Vestido de Dámaso y oro, Rubén Pinar firmó la labor más sólida del arranque. Torero capaz como pocos, con los recursos de siempre y el poso que otorgan sus once años de alternativa, se sacó con torería a los medios al cuarto, bajo, más amplio de sienes que el resto y un tanto ahogado de cuello. En ese tanteo inicial percibió el ritmo y la calidad del toro, pero también su tendencia a abrirse, haciendo amago incluso de irse a la tapia. Por eso lo fijó al principio de cada serie, se quedó colocado para el siguiente muletazo con el trapo muy por delante, para darle celo y evitar la fuga del astado. Cogió vuelo la obra en dos series diestras de mucha entidad, pero cuando Pinar cogió la zurda el toro tardeó más y la intensidad de la faena decreció.

Retornó a la diestra para concluir con una serie a pies juntos una labor seria, que terminó de despeñarse cuando el toro perdió empuje, porque como siguió con su tendencia a abrirse, Pinar no rectificó terreno para que la labor no perdiera ligazón y parte del público le censuró la colocación. Antes había abierto el maratón con un toro entrepelado, de manos cortas y musculada anatomía al que faltó poder y vida. El torero de Albacete lo lleva suave, sin apretarlo, incluso aliviándole al final de cada pase, pero la medicina no tuvo la respuesta deseada.

Fuerte y hondo, apretado de carnes, con caja y cuello, enseñando las palas, el berrendo segundo fue el toro de la corrida. Sobre todo por las veinte embestidas que regaló a Javier Cortés por el lado zurdo. Hubo fases de buen toreo, porque el animal acometió descolgado, con recorrido, y varios muletazos del madrileño tuvieron buen trazo, incluso profundidad, pero el torero, quizá algo crispado, no terminó de cogerle el ritmo al de Martínez Conradi, que por el lado derecho no fue el mismo, porque tendió a acostarse desde el saludo capotero.

Al quinto, con más alzada, veleto de pitones, más asaltillado lo puso a distancia para lucirlo en el caballo. Acometió pronto en el primero puyazo pero en el segundo se hizo el remolón. Desde Manuel Becerra, donde lo puso el torero primero, y a un metro de la segunda raya, donde lo dejaron cinco minutos después, cuando hasta el último iluso corroboró que el toro no iba a repetir la primera arrancada. Quien se lució de verdad fue Juan Francisco Peña, porque movió el caballo con torería y porque picó arriba. Luego en banderillas echó la cara arriba (tremendo el último par de Molina, por cierto) y de ese modo se comportó en la muleta de Cortés, meneándose con la cara a su aire. Hubo actitud por parte del torero, con determinación, muy atalonado en el ruedo, pero a partir de la cuarta serie bajó el ímpetu del animal, que se defendió de modo evidente, y también la intensidad de la obra.

Dufau se fue a chiqueros a saludar al tercero, toro fuerte, montado y cuesta arriba, de pitón vuelto. Se movió con brío y fuerza en los primeros compases de la faena, pero duró poco. Como todo el encierro. Mientras transmitió, el francés lo muleteó sobre la derecha intentando verticalizar, incluso relajar la figura, pero cuando no lo llevó sometido el animal sacó la cara por encima del estaquillador, haciendo gala de una embestida bruta y seca. El último de la primera, más feo, por lleno y engollipado, se movió con nobleza y embistió con temple, pero soseó en exceso. Quizá porque pesó 637 kilos. No me imagino al maestro Camino, experto por excelencia en esta estirpe, delante de una mole semejante. Su facilidad y privilegiada inteligencia las asocio más al santacoloma que se lidia en Azpeitia o en Gijón. Posiblemente sea menos llamativo, pero si me dan a elegir, me quedo con su recortado tamaño, su media tonelada de peso y su medida viga. Y pienso que los ganaderos también.