Hablando de generosidad, me quedo con la de Perera. Esa que no parece no contar y que resulta que fue clave de la emoción de la tarde y llave de las entrañas de un toro. Echar la moneda al aire dando veinte metros de distancia a un toro en Madrid es un riesgo doble. Uno, por el toro y otro por la grada, porque se puede ver mucho toro y menos torero. De ruinas toreras resultantes de estas distancias generosas en los cites, está Madrid lleno. Con un toro de salida poderosa pero sin soltarse de los vuelos, bravo en varas, metiendo la cara en el capote bien pero saliendo con la cara alta y freno echado en banderillas, Perera se jugó muslos y crédito, luciendo al toro como gusta en Madrid. En esa distancia donde se corre el riesgo de la generosidad mal entendida.

Tenía el castaño sienes estrechas, manos cortas y cara seria por fuera y por dentro, la raza laberíntica del cinqueño. Porque si tuvo que perderle pasos entre lance y lance de salida al no irse el toro del todo de los vuelos, tras el tercio de varas, cada vez que Curro Javier lo enganchaba superior, el toro metía la cara para salirse como frenado y mirando a ninguna parte. Y escarbó en ese escarbar de hombre de astillero que te dice te puedo dar un tal que así como te equivoques, metiendo la cara entre las manos. No es literatura, es descripción.

Pero, a la que Perera se lo sacó afuera y le dio esos metros inmensos paralelos a tablas toro y torero, el de Gallardo se vino como un tren. Lejos de expulsarlo aprovechando inercias, el torero se ancló para recoger las embestidas sin soltarlas en tres tandas de una profundidad tremendas. Ligazón superior, el trazo del muletazo siempre por abajo, naciendo de la muleta siempre puesta, cada vez menos en línea y más enroscado. La tercera tanda ya hubo de ser en menos distancia y cuando se echó la muleta a la mano izquierda, el toro no fue el mismo.

No lo fue ni en la distancia, ni en la embestida, por dentro en el segundo, sin querer soltarse de los vuelos y, eso pareció, molestó el aire. Pero con aire o sin él, ese toro tan emocionante y enrazado pareció fiero por el izquierdo. Al volver al pitón bueno, otra tanda más tuvo ajuste, ligazón, mando, poder, reunión. Sucedió que el toro, tan poderoso hacía un rato, se descolocó una y otra vez poniendo la suerte de matar en la sala de espera, que es la sala donde la pasión entra en decadencia y la emoción en bancarrota. Se tiró por derecho sin estar el toro en suerte, aguantó el pechugazo, salió desarmado pero la espada arriba. Sucedió también que el toro tardó en doblar.

En esa generosidad de Perera y sólo de ella, vivió la tarde. Y de ella salieron las entrañas de ese toro, el único notable y de emoción superior de una corrida tan seria, bien armada, como deslucida por complicada o anodina. Una Puerta Grande ganada con generosidad, sí. La que él tuvo con el toro. Reduce las distancias, juega con las inercias y trata de expulsar las embestidas y no pasa nada. Porque la tarde fue de nada. O mejor dicho, de mucho pero sin ser visto, que es como si fuera nada. Como la faena de Urdiales al segundo. Importante.

A su aire, escarbador, suelto del peto, caminador a veces, fue toro de moverse descompuesto, feo embroque y sin intención de terminar el muletazo. Urdiales tiró de paciencia y del arte de la espuela. Poder, firmeza, exposición, mando… hasta lograr sacarle media docena de pases por cada pitón. Uno de esos esfuerzos generosos que no se calibran porque no se ven. Verlo no es fácil, sabe usted. Hacerlo debe ser de la hostia de difícil. Yo creo que Finito vio la exigencia áspera de un toro como incierto, inadecuado para el arte porque era carbón por el mejor pitón, el derecho. Y el cuarto, grande y pacífico, fue toro de menos acometividad con el que firmó un pacto de no agresión y el sexto fue el que antes colgó el cartel de no quiero ni puedo embestir.

Cómo hemos truncado la palabra generosidad en el toreo es cosa de magia. Negra. En todas partes ser generoso es bueno. Aquí como que es despectivo. Unos lo ven así, quizá tiene la honra en las orejas. Pero termino como comencé. La generosidad, la emoción, el toreo y la Puerta Grande, para Perera.