Recién levantados de la lona, aún con el eco de un gancho en la mandíbula y luego de una cuenta hasta nueve. Así hicieron el paseíllo David Galván, Juan Ortega y Joaquín Galdós. En estado de nocaut se refugiaron en la esquina, cuerdas a la espalda, los brazos pegados al cuerpo en defensa que implora que las manos del rival lleguen con cierta piedad. Justo ahí el referee detiene la pelea, como se cancela un partido de golf, o no sirven marcas en el atletismo o se suspende un partido de tenis. Por el puto huracán, que no importa porque son toreros. Que en décadas jamás ha importado a todos los Gobiernos de la Comunidad de Madrid, propietarios del cuadrilátero, que sólo puede que ahora le metan mano. No por los toreros y los huracanes y los tongos de toreros que torean desprotegidos, sino por eso de los eventos y las facturaciones.

Cuando un hombre se viste de luces o se ata los guantes, sólo pide chance. Que consiste en que no haya tongo y luego que sea lo que Dios quiera y uno pueda. Con este viento, diga lo que diga la moda de tirar para adelante sí o sí, no se pude torear. Se podrá otra cosa, pero torear no. Pero el toreo anda dejado de la mano de Dios en modas y modismos que son puro filibusterismo. Otra: de un peso ligero, hicimos un peso pesado, eso se ha hecho con el toro. Conservan hechuras, claro, recuerdan a sus parientes no tan lejanos de ochenta kilos menos, claro, pero es un cuerpo inhábil, que, sumado al vendaval, a la condena de las lidias cerca de tablas y a la condición de los de Valdefresno, logró el nocaut. Y poco más.

Queda el talante de valentía de Galván, torero que torea casi sin toques. Queda ahí en el horizonte lo que quizá pueda ser ese toreo de ademanes sutiles que es Ortega. Y queda la impecable actitud bisoña de Galdós. Con una corrida cuajada, muy amplia de cara y de cuna, de grandes pechos y culatas en medio del viento, ni siendo buena se torea bien. El primero pidió mando en su movilidad rebrincada como a saltos, el segundo duró poco pero pedía suavidad de vuelos en el hocico, el tercero mucho poder y terrenos de afuera. Los tres últimos fueron de condición áspera y defensiva, riesgo que multiplicaron al ser lidiados cerrados, en un terreno donde pesaban más y podían más.

Dos o tres muletazos cerca de las tablas a un toro sin fondo pero bonancible dejó Juan Ortega en medio del huracán. El segundo. Dos o tres de bello embroque y despaciosa tendencia y cadencia. Y con el capote dos o tres lances de categoría en el quite al cuarto. Ese torero que se atisba en el horizonte luego pasó las de Caín con el quinto, toro que marcó distancia al venir caminando, que pesó mucho llevando la iniciativa cerca de tablas, con el toreo a merced de los golpes del viento en su muleta.

Galván es un torero que suma una buena puesta en escena corporal y una fragilidad en los toques que no corresponden a sus bemoles, que los tiene. Se le vino muy rebotado, como pegando saltos el primero sin que él le bajara la mano, creciendo el toro a poder más, muy cerrado. Cuando se la puso con la izquierda, con más vuelos por abajo y muleta menos volada, surgieron dos buenas tandas antes de rajarse el toro. Se libró de la cornada al perder pie recién salido a la plaza el cuarto, toro que pasó de pacífico a ser duro y de cuidado por el pitón izquierdo.

Tuvo movilidad el tercero que admitía el primer pase y mejor el segundo, pero que luego venía vencido pidiendo dos cosas: uno, torearlo en los medios. Imposible. Otra, que el toreo le perdiera algún paso entre pase y pase para ver si el toro daba más chance. No sucedió nada de eso en una faena tensa, de entrega, rematada de una muy buena estocada. Otra le recetó al sexto, toro que embistió con el pitón de afuera muchas veces, y que fue áspero y hasta duro. Mucho más en el lugar de su salsa: en esos terrenos cerca de las maderas en donde se sienten defendiendo el fortín. Y dicho esto, dos cosas para el epílogo. Se va a reformar Las Ventas para que esta pueda facturar y que pueda tener licencias que hoy no tiene. Ni para dar toros. Quede claro. Pero no se hará nada para sacarnos del primitivismo del viento. Otra más. Un día que no existe en el calendario, suspenderemos por el tongo del viento. Porque con este viento no torea ni el que lo inventó. No se torea escondido. No se boxea en la esquina.