Arriba, escasa gente pertrechada para la lluvia. Abajo, el barro. Y en el barro, una corrida seria y agreste de Victorino, siempre difícil y ágil, frente a tres hombres de esta España. La España de siempre aunque lo de siempre no se lleve. Cerrando los ojos, era Amberes 1920, Juegos Olímpicos, primigenia seleccion española de fútbol. Un vasco mas español que la paella, Belausteguigoitia, (Belaustegui para los cronistas) gritó con su vozarrón a Sabino: ‘..a mí el pelotón, que los arrollo’. Y le calzó un gol hercúleo e hispano a los suecos mertiendo en la red al pelotón y a media defensa. No había VAR, los hombres eran así, la vida asá y el pelotón era un balón de cuero con correa. La que tuvo la corrida, con el remanso de paz del segundo, que respetó la historia impecable de El Cid en su adiós. Emilio de Justo echó corazón y entrañas en cada pase con un toro difícil en una faena con herida y de oreja de honor torero. Una faena de importancia superlativa. Curro Díaz mantuvo esa dignidad de los mediocampistas de clase a los que le dan un sandía para tirar un caño. En este barro de Bilbao, zapatillas enfangadas, muletas color carbón en sus flecos, toros agrestes, el toreo es para los hombres de toda la vida.


La de Victorino salió italiana, defensa atrás y al contra ataque. Seria, correosa, complidora en varas sin uno de escándalera. El segundo fue ejemplo de ello, siendo corrida y encaste de ir y venir sobre las manos, sin inercia alguna, es genial cuando se deslizan, jodido asunto cuando reponen y no tiran para adelante. Fino de cabos, serio por delante, moviendose con intención de reponer sobre las manos, Emilio de Justo le cogió la distancia perfecta en una colocación ideal, muleta por delante, sin toques bruscos, esperando y tragando hasta el embroque y tratando de tirar del toro despues del encuentro toro/muleta. Cada pase fue al límite, de tal forma que provocaba un olé y un ay al mismo tiempo. Una dignidad cara, un toreo que expone y parece arrojar a los pitones cuerpo y alma. Duró, además, la faena, tensa, limpìa, fuerte y, en la prórroga, cuando trató de torearlo al natural a pies juntos, le cazó el toro derrotando en la cogida y le rasgó la oreja partiéndola casi la mitad como se rompe la hoja de un libro. Se puso de pie, como los hombres de siempre, mató al toro y paseó el trofeo del toro. Grande el hombre, hercúleo el torero.

Bailaba un hombre al que dicen dantxari el aurresku de honor a El Cid de forma grácil. Grácil y hasta graciosamente, pero, y sin en cambio, muy varonil, aunque no se lleve el término. Con una txapela roja en la mano. La txapela es una boina con la que compiten otras del resto de España, nada de las mariconadas ( si se me permite el micromachismo) de la que llevaban parisinos, gondoleros de Venecia y marselleses. Esas son indiferentes. Uno no sabe como se puede llevar la pierna hasta ahí arriba luego de esos saltitos de puntillas con unas humildes y sin embargo honorables alpargatas. Más en serio. La cara curtida de El Cid era el mapa de una vida enmocionada. Se dejó el toro, bajo, el de menos canal, el de más humillación, en el capote. Cambió a brusco en banderillas tras su paso por el caballo, llegando a la muleta vivo, abedeciendo a los cites, metiendo la cara bien por el pitón izquierdo.
Con esa mano El Cid ligó natulares de esos de mostrarla, toque suave, trazo por abajo y dejarla puesta. Por el pitón derecho el toro descompuso más su escaso recorrido. Pero las tandas con la zurda tuvieron buen sabor y aún mejor recuerdo de este torero importante para la historia de esta ganadería y de esta plaza. Llovía el día de los seis toros, cuando se sentó en estribo vacío de todo lo que había dado y vestía de un azul igual. Le brindó la faena a Moeckel, seguidor de fe, con la madre del abogado viendo todo desde el cielo cárdeno y lluvioso de El Bocho. Tuvo una bodega de carbón agreste el quinto, toro para otras tardes u otros años, reponerdor, que no admitía un error ni entendía del momento.

Ver a Curro en el barro, con una pelota de cuero marrón que lleva la hebilla de la correa es una tragedia anímica. Ese hombre de tirar caños y gambeteo sutíl, de embroques hermosos y a su aire, tuvo que torear tres toros que fueron puro catenaccio. Manejó solo la mano derecha con el que abrió plaza, toro grande en demasía. Firme el brazo, al son de un juego de piernas que consistía en perder pasos para evitar tener encima al toro, que reponia en embestida corta y, al mismo tiempo, ganar el piton para provocar y ganar la acción. Una faena de oficio para un torero de brillo. Ese juego de piernas para lidiar fue obervado por el dantxari que comentó, no obstante, que le era imposible. Sin toro.

Agarrado al piso el cuarto, el peor de la corrida, lo mejor que le pudo pasar a Curro es que no tuviera mucho poder. Al inicio de faena le tiró un derrote al pómulo que le hizo el mismo corte, peor peor, que le hace un pesado a un amateur en el ring tras cazarlo con un recto. El que cerró plaza y le tocaba a De Justo, negó ritmo alguno, repuso a veces, otras pareció deslizarse mejor, siempre con nervio y muy vivo, allí abajo, en el barro. Donde tres hombres expusieron el el ruedo y de forma cabal, que el torero siempre es siempre como un hombre ha de serlo siempre aunque lo de siempre sea eso tan de verdad, que, por serlo, ya no se lleva.


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