Galopar no es embestir. Conviene matizar esta aparente perogrullada para destripar la tercera de Las Corridas Generales donde parte del público ponderó una corrida de Torrestrella de llamativa pinta e irreprochable presencia -salvo el feo sexto- que contó con virtudes significativas pero también con defectos evidentes que la terna por cierto resolvió con nota.

Toda la corrida se movió. Pero hay que mirar cómo. La bravura no sólo consiste en la prontitud y la boyantía con la que un animal acude al engaño, sino también y sobre todo, con lo que hace una vez llega al embroque. Y la mayoría de los astados de Don Álvaro Domecq, en el mejor de los casos, pasaron por el trapo en lugar de embestir. Acometieron. Pero rara vez descolgaron, voltearon la cara y se despegaron de los vuelos. Los hubo además que se violentaron y defendieron cuando llegaron a la jurisdicción del trapo, y el modo de querérselo quitar de la cara en lugar de perseguirlo y empujarlo con el hocico era síntoma inequívoco que, más allá de la movilidad, allí bravura había poca.

Por eso llamó la atención la manera de estar y de resolver de tres de los integrantes de la denominada 'generación del relevo' tan denostada a veces, en especial Luis David, que dejó, por encima de las dos orejas que obtuvo en recompensa, la sensación de haber dado un paso al frente en convicción y seguridad, algo que ya pareció esbozar en un San Isidro mucho mejor de lo que dijeron sus números. Román también dijo con su proceder que la cornadón de mayo ya es historia, mientras Álvaro Lorenzo mató sus dos toros con una serenidad, un reposo y unas tablas que pareció tener diez o quince años de alternativa a sus espaldas. la pena que ninguno de sus ejemplares agradeció su dedicación.
Voluminoso, pero no lleno, acapachado de cuerna y con cuello, el burraco tercero humilló de salida y embistió con más ritmo que sus hermanos. Quizá Luis David se quedara corto en la ración de castigo en el peto, pero lo cierto es que el animal ya cortó en banderillas y en la muleta tuvo motor y raza, pero también temperamento. Cierto que lo hizo todo por abajo, pero tanto como que se metió muy por dentro, sin viajar nunca metido en el engaño. Había que estar muy convencido delante de él y muy hundido en la arena y someterlo sin titubeos, porque a la mínima duda el animal se te podía llevar por delante.

Se puso de verdad Luis David, jugándose un percance que pudo venir en dos o tres trances comprometidos que tuvo una faena basada en la derecha y que, por encima de todo, transpiró autenticidad. Fue una pelea hermosa que el mexicano quiso coronar en la suerte de recibir. Lo bordó el presidente negando la vuelta a un toro que careció de la virtud principal que debe tener un toro bravo: entrega.

Pasó Luis David por la enfermería porque a la hora de dar muerte al de Torrestrella se cortó en la boca con el acero y de la enfermería salió cual púgil retorna al cuadrilátero para acabar el combate. El sexto fue menos toro. Menos bonito también. Estrecho, alto, corto de cuello... tuvo una embestida muy descompuesta que Luis David canalizó con arrestos. Destacaron las series con la derecha, dejando el trapo en la cara y tocando fuerte para provocar al animal. Cerró por bernadinas y reventó al toro de una explosiva estocada, de nuevo recibiendo, antes de recoger otra oreja en recompensa.

Una oreja que también debió pasear Román en el cuarto y que, con similar petición, el señor que ocupa el palco no concedió ¿caprichos?. Había estado el valenciano hecho un tío con un animal alto y agresivo que le propinó un pitonazo en el rostro al principio de faena, de lo alta que llevaba la cara. No dio un paso atrás Román, que consiguió dejándole la muleta en la cara y tocando fuerte antes de cada muletazo, dos series con la derecha de gran consistencia.

Antes ya estuvo más que entonado con el colorado que abrió plaza, toro fuerte, apretado y cuesta arriba, que se movió con alegría y prontitud. La faena tuvo fluidez, incluso cierta consistencia pero cuando el animal, en vez de embestir, 'pasa' los muletazos carecen de profundidad. Y no por la actitud del torero precisamente. Tampoco tuvo renuncias la tarde de Álvaro Lorenzo, reposado en el segundo, en una obra de un gran mérito técnico, porque el toro siempre montado, nunca descolgó. El cinqueño quinto, acapachado y fuerte, pero con buena expresión, fue quizá el que menos dijo, y la labor del toledano, pese a su disposición, nunca llegó al tendido.



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Foto Galería de la 3ª de las Corridas Generales