Tiene el oficio del que se ha curtido en la sombra, lejos de los focos, a millones de kilómetros de las ferias, en las antípodas de la consideración que ahora empieza a gozar. En su rostro se refleja la dureza de lo vivido y en su mirada se adivinan las ganas de engordar su currículum, de crecer, de progresar, aunque sea, como hoy, a base de golpes. Sólo su modo de plantear la tarde ya merecía éxito. Se lleva una cornada de su debut en Valencia y su presentación en Fallas, pero también el honor de ser el primer protagonista del abono.

En realidad, fue él, Octavio Chacón, quien dotó de argumento la tarde marcada en rojo por los aficionados que rinden culto al toro. Regresaba Victorino al ciclo josefino, donde no se anunciaba desde 2006, y en su retorno se echó en falta cierto nervio en sus pupilos. Esa chispa, esa jiribilla que impide comer pipas al que se sienta en tendido, pese a la nobleza de varios de sus ejemplares. Todos cumplieron en el peto sin estridencias -se empleó más el sexto- y hasta cuatro tuvieron embestidas pastueñas, mientras segundo y cuarto fueron los de trato más díscolo, pero sin ese chute de raza que además hubiera dado importancia a cuantos calibraban desde los escaños las evoluciones de la lidia.

Uno de estos últimos fue el primero de Chacón. Largo de viga, con hocico de rata, recogido de testa y de justa canal, fue pitado de salida por quienes toman como dogma los números de una tablilla que habría que luchar por erradicar. Metió el cárdeno la cara abajo sin terminar de pasar en el capote de Chacón, que volvió a evidenciar su poderío con la tela rosa por el modo de perder pasos, al tiempo que empujaba para delante la embestida. No hay media docena de toreros en el escalafón con las facultades del gaditano con el percal.

Cumplió el toro en el peto, esperó un tanto en banderillas y a la muleta llegçó reponiendo y quedándose corto. Quizá porque su gen, adquirido en esas plazas de maderos y talanqueras de la provincia peruana y labrado luego con toros de dudosa procedencia, le inciten más a defenderse, Chacón abrió un tanto las embestidas del 'victorino', y lo esperó en ocasiones con la muleta retrasada. Desarrolló el toro a peor, sobre todo en su recorrido, y al tratar de rematar con un pase de pecho la segunda serie fue prendido por la zona escrotal de modo horripilante, pues quedó suspendido el torero en el aire mientras el pitón se perdía en la zona perianal.

La primera impresión fue de cornada de las gordas, pero el torero, aunque se incorporó maltrecho y con la taleguilla ensangrentada, volvió a la cara del toro con enorme determinación y su modo de encarar el resto de la faena acongojó a la parroquia. Tuvo la faena intensidad, un alto componente emotivo por la sinceridad de lo sucedido, y contó con la rúbrica de una gran estocada. Con esa misma gallardía recogió Chacón la oreja antes de retirarse a la enfermería.

Salió luego a lidiar su segundo toro en sexto lugar, una vez que el Doctor Zaragoza y su equipo comprobaron que el percance no perforaba el testículo, aunque le obligaron a retornar una vez concluida la lidia para evaluar las consecuencias de un varetazo en la fosa iliaca. Fue este Victorino el más fuerte y serio del encierro, con un pitón zurdo pavoroso. Volvió a lidiarlo Chacón con extraordinario poder, empujó el toro en el peto, se empleó, y Juan Francisco Peña le dio fuerte en los dos encuentros. Quizá el castigo restara poder y pujanza al astado, que tuvo buena condición y templada embestida pese a su reducidas revoluciones.

Ceremonioso, sin prisa, dando pausas deliberadas entre un muletazo, incluso hasta componiendo en ocasiones la figura, dentro de una faena desarrollada íntegramente sobre la mano diestra. Seguramente un remate más certero le hubiera servido para cortar otra oreja, pero el animal echó la cara en el embroque y un pinchazo y media estocada tendida enfriaron el epílogo. Volvió a recoger el cariño del público antes de cruzar de nuevo el ruedo para ser revisado por los galenos.

Quizá las embestidas más largar, de mayor calidad y profundidad, las ofreció el astado que inauguró la feria. Fueron apenas dos series por el pitón zurdo que aprovechó Rafaelillo en un inicio muy torero, con despaciosidad y ritmo, antes de que el toro, cuando el murciano cogió la mano diestra, se empezara a diluir. Luego el cuarto tardeó y midió, y esas dificultades, junto al modo de encararlas del torero, sin volver la cara nunca, metieron al público en la obra. La espada restó resonancia a su actuación.

Varea por su parte sorteó dos toros de templado son, ideales para un torero en su situación, porque ni le apretaron por abajo ni le buscaron los lazos de las zapatillas. Quizá carecieran de recorrido en ocasiones pero nunca repusieron. Hubo algunos muletazos sueltos de buen dibujo, pero, posiblemente, su tendencia a concluir cada pase detrás de la cadera en lugar de en línea obligó al torero a perder pasos de manera continua y ese modo permanente de rectificar terrenos incidió negativamente en la ligazón y la fluidez de ambos trasteos.