Fue una buena corrida de toros, sobre todo, fue una corrida con fondo. Porque casi todas sus virtudes nacieron sin inercia. A toro parado, que es como se mide la verdadera bravura. No fue un encierro parejo, pero no podía serlo, pues los veterinarios se encargaron de descojonarlo en los días previos. Estuvo sereno, seguro y convencido Lorenzo, pero su clasicismo no terminó de llegar al público, que sin embargo sí empatizó con la frescura de Luis David. Pero fue Aguado, nuevo en esta plaza, de quien salió hablando la gente.

Tiene un don el sevillano. Algo que no se compra en las tiendas ni venden en Wallapop: No se parece a ninguno. No imita, no imposta. No se mira en el espejo. Rezuma naturalidad. Ritmo. Compás. No todo es redondo, pero hasta los muletazos tropezados y las imperfecciones huelen distinto. Tiene sello. Su primero, lleno, con la cara para delante, astifino, no se entregó con el capote. Renqueó de una pata y fue protestado, pero luego en la muleta tuvo nobleza y temple en su embestida.


El prólogo ya contó con esa torería innata, porque deslizó el trapo si tirones, sin esfuerzo aparente, jugando con las alturas... hubo un cambio de mano de excelente dibujo, un ayudado por alto de cartel para iniciar una tanda, la zurda la manejó con suavidad, jugando bien la cintura, excelente el embroque. Tuvo el trasteo envoltorio, mesura y medida. Porque cuando se ve torear así sobran, y hasta molestan, los recurrentes circulares y demás accesorios pirotécnicos.

La estocada caída, y el modo de ejecutarla, con un salto que fue la antítesis de la estética con la que se desenvolvió, afeó un tanto el epílogo, pero no quitó ni un milígramo de peso a la faena, ni a la oreja que paseó. Fuerte, hondo, rematado, lleno, el sexto fue un tanque de 620 kilos que protestó en varas queriéndose quitar el palo y esperó en banderillas, y, aunque luego no tuvo la profundidad de sus hermanos, embistió con importancia hasta que se rajó.

De nuevo afloraron el empaque y la expresión en el inicio de un trasteo más intermitente, pues en ocasiones el de Alcurrucén le tropezó la muleta de lo dormido que le quería dejar el engaño. En otras, el torero se quedó muy encima para que el toro no se fuera, pero en corto el animal protestaba y pedía sitio. Difícil ecuación. Sobresalió una serie de naturales, que seguramente contarán entre los mejores muletazos del abono.

Tampoco le fueron a la zaga los que le pegó, también con la zurda, Álvaro Lorenzo al cuarto. Lo tomó en corto el toledano, trató de empujarlo para delante y a mitad de faena, dando un tiempo al toro, usando mucho los vuelos y estirando cada embestida, dio forma a una faena muy consistente porque hubo aplomo y convicción por parte del torero. Seguridad. Se tiró derecho a matar pero la espada cayó trasera y tendida, dilató la agonía del toro y frenó la petición.

Antes también tuvo pasajes brillantes en el que aperturó el espectáculo, toro con buen pitón izquierdo al que dispuso un trasteo reunido y limpio, quizá algo académico, que se vio con agrado pero sin calor. Quizá por la losa que supone abrir plaza. Empezó la cosa a bullir en el segundo, un colorado largo y astifino, de pitón blanco con el que anduvo despierto e inteligente Luis David. Primero por cómo recogió al astado con la mano derecha y luego, cuando se fue a la tapia, por cómo jugó con las querencias en circulares invertidos en paralelo a tablas rematados con un cambio de mano.

La buena estocada en la suerte de recibir merecía por sí sola la oreja que le demandaron y que el presidente debió conceder. Luego el quinto, más feo, largo, de lomo quebrado, que tuvo recorrido e importancia en sus embestidas. Faena sin renuncia de Luis David, reunida, intensa, favorecida por la boyante manera de embestir del toro. Hubiera cortado una oreja de haber caído pronto el animal, pero hubo de usar el descabello para atronar al astado y todo quedó en ovación.