Nos trajo, al fin, Roca Rey el realismo mágico al toreo, género inigualable suramericano. Trajo, al fin, el sonido del runrún que barrunta tormenta o huracán o brisa ligera, que de todo tiene su toreo. Por primera vez en la historia, Roca Rey impone el caudillismo de su continente y ya es caudillo de todas las tribus posibles. Con dos toros de medido fondo y duración entre interrogantes, dio un golpe de estado frente al dictador de siempre, El Juli. Ha vivido el figurón madrileño a costa de sublevarse en golpes de estado continuados contra él mismo. Vivirá, ya no le queda otra, Roca Rey, de sublevarse en armas toreras contra él mismo.

Alrededor de una corrida más noble que brava (habrá que buscar hoy un lugar mas honorable a la de Zalduendo, colocada en las letrinas, so pena de no hallar váteres de dispendio), vulgar a veces, de fondo escaso, con guasa el cuarto y de hechuras tan dispares como inadaptadas para una pasarela del buen gusto, emergió la figura luismigueliana de Roca Rey. Camina con la soberbia de quien ha comprado cada plaza con su albero al contado. Con ese aire de ser superior que jamás anuncia lo que no va a dar, formó dos líos a dos toros de fondo medido en dos faenas donde nada fue apariencia. Dos claves entre la grandeza de este torero. Una, que pareció hasta saber lo que pensaban los dos toros, un prodigio porque los animales no piensan.

Otro, que sabiendo lo que pensaba sin que piensen, les hizo lo que él sentía. Eso que llaman medir, usar la inteligencia, dosificar y estructurar, palabras aptas para la ingeniería de caminos, pero ciertamente vulgares para narrar este realismo mágico que es su toreo. Se conjuraron los dioses, que también cuentan, para que El Juli se viera condenado al ostracismo y la misma alineación de los astros le dio un buen lote al peruano. Lo bueno en manos de este realista mágico, puede alcanzar cotas de excepcional. Estrecho de sienes, correcto sin más de tipo, un toro de Cortés, sacó escasa pujanza de salida, apenas le partieron la piel en varas en medio de un quite prólogo de lo que vendría. Se soltó el toro en buen tranco pero con las dudas de cómo hacer que durase.

Dos pases cambiados sin expulsar al toro, una tanda breve y suave para decirle al toro que el toreo es seda, y luego, el ritmo de mayor encaje, de mayor ligazón. Una vez se amontonó el torero, quizá pensando que el toro admitía ya no perder pasos, para solventar el error en dos tandas mas con la izquierda, donde el trazo del muletas era desde allá hasta acá, por abajo, sabiendo que no podía obligarle, dejó la ligazón en suspense varias veces, cosió a mano dos circulares enormes, para arrebatarse encajado y por abajo antes de unas bernadinas ceñidas, la última mirando al tendido. Pinchó y coló cortó oreja, pero el lío era de un tamaño planetario.

El burraco quinto, abierto de cara, con aires de atanasio aunque seguro no es atanasio, se le vino recto negando el toreo a la verónica y cambió a las chicuelinas en un segundo de decisión. Otro toro de buen aire pero de dudosa duración al que alivió trazando muletazos vaciados por arriba para darle ritmo y confianza. Porque sabía lo que pensaba el toro, aunque los toros no piensan. Milimétrico en distancias, poder desde la suavidad, mando desde la cadencia, las tandas surgieron con encaje, encajado siempre, añadiendo la emoción que no habitaba en el toro, pero sí en su toreo. Dos tandas de mano baja, de reunión máxima y mando superior, surgieron para poner al público en pie, que ya nos se sentó porque las bernadinas fueron de aquella manera, antes de una estocada de ejecución de rayo, aunque algo baja de colocación. El delirio.

Este caudillo histórico que viene a mandar en la España, madre y patria, este nuevo aspirante a continuado hacedor de golpes de estado contra si mismo, fue contemplado por El Juli con la barriga llena de frustración que origina la mala suerte. Más que mala suerte, es que ni siquiera fue mala, es que no fue suerte. Su primer toro tuvo movilidad nula porque su raza era nula y el cuarto en lugar de echar la cara arriba lo que hizo fue echar el cuerpo al aire y hasta dos veces le tiró dos cornadas a la altura de la faja. Ni Guerrita que regresara. Así pintan a veces las cosas de cabronas.

Fue la tarde de la alternativa de Chover, que se fue a portagayola, que se lució en banderillas, que tuvo una digna forma de correr la mano con un toro noble que pareció querer comerse los vuelos en el arranque de la obra y que luego fue pastueño y falto de ese tranco que ayuda asirse de los vuelos. Menos lucido fue el tercio de banderillas al sexto, toro muy en Conde de la Corte, que se fue apagando en vida. Decente puesta de largo, pero en medio del huracán ni él ni El Juli encuentran titulares. Todos son para ese caudillo que nos viene desde allá los mares, poniendo a la historia patas arriba. Vive el toreo de dictadores, que el pueblo los quiere y son el sentimiento más democrático de los que puedan existir. No hay mayor democracia que los cojones y el talento de cada cual. Y en llegando a serlo, caudillo o dictador, les llega la condena sublime, la condena aspirada por todos los dioses, de sublevarse contra ellos mismos.