En la lógica irracional de este país en revisión de qué Caín ha de matar a qué Abel, el toreo halla una definición grotesca. La batalla en la que los muertos victoriosos tienen peor entierro que los vencidos. En esta ingratitud de nuestros valores se halla la razón de ser prohibidos, no hay otra. Ver a un hombre salir del fango de la duda hasta la luz, mirar la vida con un ojo viendo más que con dos, es una hermosa batalla por el bien vivir. El síntoma de ser un ser humano. Paco Ureña jamás recuperaría su humanidad íntegra si no hubiera recuperado lo que es: torero. El torero extrae al hombre de su drama, y no al revés. Esta es la grandeza del toreo que no les cuadra. Que lo que damos por la muerte de la oruga sólo es el nacer de una mariposa. Si es que hay cojones.

Con un quite por gaoneras, con los pitones del toro lamiendo bordados de taleguillas y acariciando la espiga de las medias, Ureña desterró a los demonios. Luego sujetó la rienda de las emociones en una faena que tuvo la insistencia de las muñecas que tratan de encajar el Cubo de Rubik. Faena que sirvió para expulsar del todo a brujas y miedos. Lugo, con un toro bravo y exigente, un toro grande de Juan Pedro, resucitó el torero, que como se sabe, es ese hombre que con un ojo sólo es capaz de seguir siendo fiel a ese toreo de ni perder ni ganar pasos sino correr la mano encajado, quieto, por abajo. Desterrados demonios y enviadas al exilio todas las brujas, Ureña se pegó un arrimón de tío con el que el cerró plaza. Si usa la espada con mejor tino, corta tres orejas o cuatro. Y, ahora, me digan si no es cierto que un torero puede rescatar a un hombre de su propio infierno.

Con una corrida presentada en buenas hechuras de Juan Pedro, esa ganadería en tránsito tan con lupa mirada, que soltó tres toros nobles y a menos en el primer tramo de la función, uno de nota (cuarto) y otro notable, quinto, el mano a mano de Ureña y Ponce fue tarde de hombres y de mujeres: quienes desde el tendido asistían al ritual humano que consiste en sacar los diferentes tipos de basura hispánica actual, orgánica, inorgánica y poscultural, una corrida de toros. Una corrida de toros es eso. Meten la espada en su lugar los dos toreros y tenemos una hermosa fotografía de recuerdo, pero el toreo también es eso que no necesita una postal para no olvidar.

Con aires de niño por la cara algo lavada, pero bien hecho, el primer toro tuvo esa nobleza que se convertía en desazón cuando no se le perdían pasos entre pase y pase y Ureña, que lleva en la sangre quedarse en el sitio, se manejó con más testosterona que rentabilidad, insistiendo en el toreo de dentro afuera más que en las líneas paralelas a tablas, en una faena en la que cada muletazo era un decirse, aquí estoy, soy yo, solo estuve ausente. El cuarto toro es de los que mandan a casa si no eres capaz, al hombre, al torero y al gusano y a la mariposa. Con un torero inicio de faena con pierna flexionada y mando por debajo de la pala del pitón, Ureña dijo estar listo para una faena donde cada muletazo fue exigente para el toro y para el torero.

Muy ceñido, sin un naipe falso en la baraja, fue faena de bemoles y de toreo, ligada siempre, intensa, y de tramo medido, cuerpo que gira, piernas ancladas. Era de dos orejas, pero pinchó, aunque se me antoja que el presidente saca los dos pañuelos y nadie se ofusca. Faltaba ver al Ureña del arrimón, del ofrecer taleguillas y muslos a los pitones y lo hizo el torero en el que cerró corrida, el de cuello mas escondido y menos fondo. También se atascó con la espada para dejarse otro trofeo.

Un atasque que le restó también a Enrique Ponce el trofeo para redondear sus triunfos: perdió la cuarenta Puerta Grande. Fue con el quinto toro, que tuvo un tramo importante de bravura y poder con el que Ponce le hizo un inicio de faena por abajo con la pierna flexionada enorme. Tras tres tandas de emoción, el toro perdió ese ímpetu y la faena pasó de poder a calibrar, de buscar la vueltas, terrenos (siempre en los adentros) y recursos. Una faena de importancia superior ( una o dos caen si cae bien la espada) a del que abrió plaza, noble, con cierta calidad y amenos, en la que Ponce luchó con el viento más que con el toro. Se hizo un profundo corte debajo de la nariz al golpearse con la espada.

La faena al tercero tuvo momentos de figura erguida después de tomarle el pulso. Uno de esos toros que quiere tanto como puede sólo a medias y al final menos aún, con la cara suelta al final de los muletazos. Pero siempre están los recursos de este toreo para que suceda algo, que fue el cortar una oreja que pocos logran. Una estocada efectiva, la que les faltó a los dos toreros toda la tarde para que ahora hubiera esa foto de recuerdo que, la verdad, el toreo no necesita. Sólo el toreo aplica la reflexión de Lao Tse, inenarrablemente humana. Paco Ureña. Si. Cuando llega el fin de la oruga, sólo es que se anuncia el nacimiento de la mariposa.