Esa insistencia que a veces es solo matar por matar. Matar. Feo verbo cuando sólo incluye la razón de matar. Y el toreo no es eso, porque si es eso, señor presidente, se lo regalo con papel de regalo y todo. Todo para usted. Si el toreo no acuna la vida de lo excepcional, no mima a la bravura, no es generosa con una faena inagotable, a mí no me interesa y, sencillamente, no me preocupa nada que me lapiden por este escrito. A estas alturas. Que fea es la muerte administrativa, la muerte de libreto, la muerte por el que dirán, la muerte como demostración de poder. Qué fea después de la sinceridad torera de Sebastián Castella.

Mandar matar porque hay que matar es la sinrazón del toreo y, peor aún, la sinrazón de la vida. Ese gesto de Nerón, dedos hacia abajo, es feo, burdo, basto, impropio del arte y de nuestro tiempo. La muerte que condena a muerte a lo excepcional, como fue 'Horroroso', por trapío, por hechuras, por comportamiento, por condición. Por el afán valiente y generoso de Castella, que se jugó su triunfo personal para salvar a un toro excepcional. Grande el francés. Por el deseo sensible del público, por la dedicación y amor del ganadero. Por dar noticia de vida. Porque el toreo es la muerte razonada y, por tanto, la razón de la vida.

Hondo, de cuajo por todas partes, manos cortas, bien puesto por delante, 'Horroroso' mandó al suelo dos veces al caballo y allí metió la cara abajo. Siempre a más y siempre al galope. Siempre con un tranco descolgado, acudiendo a cada llamada y cite con ese golpe de riñón del toro de categoría. Y detenido cuando no se le llamaba, fijo, a la espera, algo propio del toro grande. Entró en los engaños humillando un metro antes, siguió las telas más allá de los vuelos, y duró tanto como tanto le exigió Castella, que le hizo dos faenas escuchando avisos, a la espera de que la neurona le entrada al usía. No hizo ningún gesto teatral el francés, sólo toreó al borde de los tres avisos. Castella razonó la vida toreando.

Galope franco y bueno en banderillas con dos buenos pares de Chacón. Galope por derecho en el inicio de Castella, el torero en la boca de riego, tres péndulos sin expulsar las embestidas y un largo final enroscado a la cintura, sin mover el cuerpo. Dos tandas surgieron despaciosas, cuerpo encajado, jugando brazo y cintura. Fue imposible mantener la cadencia y el ritmo con el viento, horrible enemigo toda la tarde, pero regresó la faena a las cotas altas en las siguientes tandas tras la de la zocata, con la mano derecha de nuevo. Obligó Castella al toro, jamás fue a su aire sino donde el torero quiso, que apostó por la vida del toro.

Apostar es generosidad, apostar para decirle al palco en dos grandes y ceñidas tandas, que el toro seguía manteniendo el ritmo profundo y bravo. Qué buena y gran estocada y qué fea muerte. Y qué estupidez la vuelta al ruedo de un cadáver de un ser vivo excepcional. Porque en la vida diaria perdonar, vivir, ser generoso, son términos positivos y en el toreo tienen ese lado oscuro. Necesitamos un psiquiatra colectivo. Porque, leyendo la tarde, tan maltratada por el viento, tan áspera, con la brutal cogida que sufrió Gómez Pascual por el segundo toro, lo del quinto es milagro.

Tuvo la corrida hechuras dispares, quizá con toros no tan reconocibles en tipo, alguno hasta feo como el cuarto. Y más movilidad que entrega, que es distinto. Queda la duda del tercero, toro que cuando la seguía lo hacía muy bien y por abajo, pero exigente en distancias, alturas y, sobre todo, tardeando entre pase y pase. Fue buen toro, pero el viento dicta sentencia: no deja elegir terrenos, pero tampoco el sitio para cada cite, que suma distancia, cruzamiento hacia el pitón, y altura en la presentación. Castella no tuvo elección: quedarse quieto y tratar de gobernar la muleta sin buscar otras distancias ganando o perdiendo pasos porque el viento le ponía la muleta en la cadera.

Ese fue el otro toro de la tarde, aunque nada que ver. El primero de Urdiales, a menos, noble pero sin tirar para adelante. El inicio de faena, muy torero y el andarle superior al cerrar faena, de torero caro y, en medio, intentar componer y encajar el cuerpo con un toro anclado. Mas feo y áspero el cuarto, con el que expuso, propuso, mientras que toro y viento lo maltrataban. Lo pinchó, pero mató superior al primero. Ni un pero a Urdiales. Matar a estos toros y a tantos, al vulgar y al normal, al bueno, es razón del propio toreo. Matar lo excepcional es una aberración.

Lote áspero el de Cayetano, de movilidad grande el tercero, pero nula entrega, mientras que el sexto echó la cara por las nubes al final de los muletazos, apagándose además muy pronto. Le echó raza el torero, incluso en este inició la faena de rodillas pero en los terrenos elegidos, los medios, el viento ahorcó cada intento de muletazo en los dos toros. Muy expuesto, no sólo el lucimiento era imposible, sino que el riesgo se multiplicaba. De todo lo que es excusa en el toreo, lo único que jamás lo es, es el viento.

Termina la crónica en estado de frustración, que no de ira. No cabe aquí insulto alguno, aquí sólo cabía el indulto. Pero el toreo es exquisitamente decimonónico para cuestiones negativas, administrativamente dictatorial. Esa insistencia de conjugar el verbo matar es fea, medievalmente involutiva. Pero en el toreo manda quien manda. Aunque quien manda sea por encargo. Y el que manda por encargo, ni es buen encargado ni adecuado al mando.