Que sea proscrito. El toreo. Para ponerlo de noche, a la luz de un candil, mientras los justos y cuerdos duermen dócil. Para  ponerlo al lado del cante de Lorca ('el cante hondo canta siempre de noche'). Que lo prohíban los cerebros de las medusas. Hoy manda el Mundo una gigantesca Medusa, un animal que ha cumplido 500 millones años a pesar de no tener cerebro, cuestión que da esperanzas a la raza de incultos. No se hizo el arte del toreo para la boca del asno, y menos para quienes siempre dieron negativo en los test de inteligencia. Que sea proscrito y prohibido para que se jodan, para que no puedan ver como toreó Talavante: con lo único que legitima al hombre. La pasión. ¿La locura? El que no se apasiona con el toreo del Tala de hoy, será buena gente, pero bueno dicen que era San José, y era carpintero (*). Pasemos a la noche, muy de noche. Porque no hay remedio, Talavante. El sordo siempre cree que los que bailan, están locos.

Son estas corridas de toros, como la seria y buena de Cuvillo, donde los parámetros oficiales, un tanto ancianos y apolillados que califican en libreto la mansedumbre, bravura, casta, quedan sin amparo. Impredecible y buena corrida, caja de sorpresas para ser intuida. Tuvo el primero de Tala esa raza sin entrega definitiva que le hacía al toro perseguir la muleta casi fiero, como queriendo comerla de un bocado al final del trazo, cara por arriba. Sin la entrega final que permitiera al toreo vaciar el pase por abajo. Eso después de que el toro se viniera siempre con la fuerza casi virgen, en dos tandas con la izquierda, rebotado por muslos y espinillas, la muleta poderosa pero leve, como un cordero hablando de paz a un lobo hambriento. Hizo el toro de salida todo lo que disgusta al libreto. Cara suelta, pasar sin celo alguno, casi marcando querencia. Pero cuando pasaba metía la cara.

Para torear, primero que no se vaya. El celo se lo dio Talavante: muletazos con los vuelos batiendo arena y la pierna flexionada, uno mirando al tendido. (No jodan que el toreo no tiene que ser muy de noche). Fue una soleá. Miel para las medusas. Esa forma de ceñirse con quien no quiere baile, esa forma de templar la bala oscilante que fueron los pitones, cuerpo encajado, cintura rota, ese diálogo de paz sin sobreactuación, es arte. Ese pacifismo del temple reunido es arte. Esta y lo que vino en el quinto, colocan el toreo de Talavante en el primer lugar de sus tardes en Madrid. Es algo feo hablar de orejas, cuestión importante, sin duda, pero dato que alcanza al no cerebro de las medusas. Era de dos, quizá porque la estocada no fue rotunda, se quedó en una.

Sin haber salido un toro de retrato a guardar para un roneo de belleza, la corrida sí tuvo hechuras. El sexto fue bajo, aunque de línea no armoniosa y hasta salió caminando feo. No mal. Feo, que es distinto. Pero llegó a desarrollar un tranco bello y sostenido, después de acudir recto al peto, y Trujillo le puso dos pares que también son para la noche. Hay toreo para el día, si. Pero lo hay para de noche. Y pares de banderillas. El toreo para la noche es ése que cuando se hace se debería parar un rato. Para hablarlo. Olerlo. Para ver lo que se ha visto sin moviola ni repeticiones. Pero esto es un al margen.

Ya había pasado un rato y ante ese toro de gran son, Talavante dio la receta de cómo se acaba con una obsesión, creando otra. Dejando que se viniera desde la distancia larga, la primera tanda jamás expulsó al toro desde su natural inercia, sino que cada fin de muletazo recogía la embestida en otro y en otro, en dos construcciones cumbres. En la segunda toreó sentado en los riñones. Eso es naturalidad. Se supone. Inteligente además, sin arrebato, sabiendo que el toro tenía el fondo medido, dio tiempos, pausas, a la que aquello no brillaba, volvía a empezar, hasta lograr tres con la zocata de categoría. No era este el toro el lobo con hambre, sino el bravo de fondo medido que hasta siente pena por no poder seguir embistiendo dos tandas más. Pinchó arriba y no hay foto de Puerta. De Grande si debe de haber, unas cuantas. Cuando este torero está, pues está.

Hubo faenas más de día. No es de menor importancia, sólo que son más de día. Bonitas en lo estético, pero no canallas. El toreo muchas veces ha de ser canalla, apasionadamente canalla. Un toro de alzada, de buena condición por el pitón derecho, de fondo correcto, noble, sin agobios de raza, dejó que Ferrera hiciera una faena embebida en lo plástico, en la armonía de un trazo acompasado, a media altura, sin afligir al toro. Un tironcito cuando se cerró el animal, fue clave. Torear paralelo a tablas, medir la altura, calibrar el temple, ser armonioso. Una buena faena de un Ferrera sin prisas. El mismo toro pudo ser el cuarto, pero tuvo más clase por mas humillación, pero su fondo se medía con un dedo.

El tercero fue ese champán malo que cae en la copa con mucho alboroto, el del genio. Mucha burbuja explosiva tirando derrotes al pasar de forma continuada sin que Manzanares le diera mal trato. Al contrario. Hubo dos naturales que el toro admitió, pero para decir basta que esto duele. Lo mató como el trueno. Como mató al jabonero quinto, inmenso espadazo. Un toro de calidad al que le costaba irse del todo en los terceros pases, pero buen toro, con el que meció bien el capote de salida y en un bello quite. Para perderle pasos y, como toda la corrida, toro para insinuarse con los vuelos y no provocar con los toques. Tandas cortas, muletazo central de categoría, pero no se sabe si por no perder pasos (el toro siempre aparecía embrocado en los terceros pases con su cuerpo) o por no tirar el trazo más lineal o más allá, la faena fue de día.

Que sea de día no es cuestión banal. Pero a veces el toro hace que sea de día. O lo que sea. Para la noche está eso que se proscribe, lo que envenena, emborracha, embaraza o lo que nos vuelve locos. De día podemos decirnos que tenemos un alma. De noche, no. De noche no tenemos, somos un alma. De noche duermen las medusas que no saben soñar porque no tienen cerebro. Inteligencia sensible. De noche nadie es fiel a su concepto. La fidelidad acérrima a un concepto no deja de ser un talibanismo. La fidelidad es predecible, es algo que sólo tienen obligación de tener los equipos de sonido. Alta fidelidad, dicen. La lealtad es otra cosa. Como el toreo leal. Leal a notros. Por eso, que lo proscriban. Que lo hagan para la noche. Que no lo vea. Que se jodan. Talavante.

(*) Máximo respeto para la honrosa profesión de la madera. Es sólo licencia para crónica.



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