Se presentaba en La Maestranza como matador de toros, tras estar ausente de forma poco compresiva duarnte dos años, ya que había paseado dos orejas en una novillada. Estaba anunciado en un cartel alejado de los grandes focos, del gran público, pero no del aficionado. Joaquín Galdós reclamó su puesto entre los jóvenes aspirantes al relevo generacional por el manejo de los trastos y la sutileza en los toques, como quedó reflejado en el final de faena por ayudados por bajo. José Garrido, que manejó el capote con gran aire, y Alfonso Cadaval tuvieron menos suerte con una corrida de Torrestrella, en la que destacaron varios animales.

El largo y serio quinto mantuvo la movilidad y transmisión de principio a fin. Desde el comienzo por abajo de Joaquín Galdós hasta el final de faena por ayudados rematados por debajo de la pala del pitón, que fueron carteles de toros, por la armonía y la torería desprendida en los muletazos. El peruano, que administró muy bien al toro dando mucha distancia al comienzo de las tandas, dejó pasajes muy templados, con la muleta arratrada y llevando hasta el final las embestidas del animal. Un natural a cámara lenta y los remates por abajo tuvieron sabor, estética y plasticidad. Sólo la espada impidió pasear una oreja de justicia, pero dio una vuelta al ruedo tras enterrar el acero al tercer intento.

Ya en su primero, un toro que manseó durante la lidia, Galdós consiguió sujetar la embestida, dejando siempre la muleta en el cara, llevando muy tapado y con mucha templanza la embestida descompuesta del animal, que humilló y colocó mejor la cara cuando el peruano bajó la mano. Sin embargo, terminó aflijido y volvió a la condición mansa que demostró en los primeros tercios. Esta vez sí que consiguió una buena estocada y saludó una ovación.

Los mejores momentos de José Garrido llegaron con el capote en el abre plaza. Primero, en el recibo por verónicas ganando terreno, moviendo bien los brazos, con la figura encajada, la barbilla en el pecho y la pierna pa'lante; luego, en un quite por delantales, rematados de una media abrochada a la cadera. Una pintura. Fue este astado, un toro más de público que para el torero. Tuvo como virtud la movilidad, pero embestía a media altura y siempre vencido. Pequeños detalles, que si sumamos la salida de los encuentros por encima del palillo, restaron la profundidad necesaria a los muletazos.

Tampoco fue fácil el cuarto, un toro gigantesco de hechuras y de cuerpo, que tuvo muchas teclas que tocar: no tenía inercia; se quedaba corto; a veces, se descolocaba de los cites y otras, se venía al pecho del torero. Intentó el extremeño limar todas esas asperezas perdiendo pasos entre muletazo y muletazo, para ganar otro hacia adelante y adentrarse en los terrenos del toro. A la hora de matar, tras un pechugazo del toro, Garrido estuvo habilidoso para meter la mano al segundo intento.

Poco caso le hicieron a Alfonso Cadaval el público de Sevilla, que midió de forma fría y calculadora al torero local. Poco pudo hacer con el tercero, un toro que no aguantó dos tandas y que no humilló. El sexto tuvo más cualidades, pero tuvo el defecto de perder las manos en los momentos decisivos de cada tanda. Aquellos en los que se pasa del 'bien' al 'olé'. Por esta razón, la faena nunca cogió vuelo y se quedó en tierra de nadie cuando el astado perdió la movilidad.