Metido el pueblo en la plaza, lo que antes se decía la gente de pana, la corrida quedó para el pueblo. Casi con olor a horno de pan previa a la noche del pescaíto. La plebe en la jaula de oro de los maestrantes. Lo cárdeno sobre el albero. Y la corrida fue plebeya en todos los sentidos, emocionada y emocionante, con un toro embistiendo dormido a lo mexicano, otro de poder profundo, otro de nobleza a media altura y alguno áspero. Una enrazada corrida de Victorino acorde con un toreo caro y sedoso de Emilio de Justo, en una tarde que se recordará siempre; el mando personal de Ferrera y el deseo de dar la cara de Escribano. Mucho más allá de la oreja de Ferrera, la tarde plebeya será una de las buenas de la Feria.

Metido el toreo y el toro en la narrativa del examen constante, aquí hay que buscar suspensos. Salió la plebe encantada con la corrida, la mayoría con De Justo, bastantes con Ferrera y pocos con Escribano. Las pasiones traducidas a notas académicas. Que no describen una tarde brillante por imperfecta, pues a la calidad mexicana y el toreo limpio y despacioso de De Justo, le faltó espada. A la faena de pasión de Ferrera al bravo cuarto le sobró ser partida en dos tras un desarme, y a Escribano, sobrado de querer, pareció escasearle la confianza.

De la corrida, lucida y lúcida en el caballo, con tres toros de más cuajo y otros tres más vareados, el cuarto puso la nota en presencia por peso, hechuras y cara. Y fue bravo y completo, con fondo y raza, tanta que tuvo un tramo casi indómito al llegar a la muleta muy entero. Tuvo el primer tramo de faena de Ferrera la emoción de la embestida de poder sin atemperar, con el torero saliéndose a los medios y ligando dos tandas de emoción. Mucho que torear. Cuando el toro comenzaba a templarse más, perdido el gas en bruto, le pisó la muleta, lo desarmó y la faena quedó como quebrada en dos.

Hasta paró la música y regresó cuando Ferrera se puso de nuevo delante para tratar de torear mas pausado, luciéndose en algunos naturales de trazo lento antes de la estocada y la oreja. Muy metido en la corrida, tuvo miga y chicha la faena al primero, toro vivo, de esos sin inercia, reponedor al ir sobre las manos y toro para tragar en una faena interesante y de calibre alto que terminó mal con la espada.

De la tarde plebeya, el toreo de caracol llegó con el tercero y De Justo. Toro fino, algo zancudo, de lomo recto y mirada viva que, cuando metía la cara lo hacía en como gateando. De los que descubren o defenestran. La primera tanda, llevando la iniciativa el toro, fue para calibrar la longitud de los pases y el final de los mismos. Luego, el toreo de traer y de llevar, el de enganchar adelante y llevar por abajo, el de casi detener le lenta embestida cuando el trazo del muletazo iba en dirección a la querencia que había marcado el toro desde la salida a la plaza. Ahí el muletazo se congelaba de lento.

Si a la faena de faltó más conjunción o ese compacto de las grandes obras, fue por dos cosas, porque el toro salía con la cara un poco por arriba al cuarto muletazo, perdiendo esa profundidad de surco en el suelo y porque eso lo fue acusando tras la quinta tanda. Un toro muy bueno para torear muy bien. Lástima de los pinchazos porque era de una o de dos orejas. Ese mismo pulso y trato sedoso con la izquierda también lo dejó ver De Justo en el sexto, el de más cuerpo y menos cara, agarrado al piso. Como tantas veces en este encaste, el toro no fue nunca amigo del toque plano, sino de enganchar con los vuelos y ahí dejó el toreo media docena de naturales de categoría. Una gran tarde de Emilio De Justo.

Es tan contradictorio y abracadabra el toreo que nos dice que el hombre que se va dos veces a porta gayola, que en el quinto pasa el trago de estar minutos esperando al tren que no sale, pueda luego ser el mismo que parezca no confiar en sí mismo más tarde. El segundo de Escribano fue el toro del riesgo, el que repone, que pretender mandar y sorprender, el que te coge si te das coba o simulas que te la das. Y se libró de milagro de la cornada en una faena donde no volver la cara no fue suficiente. El quinto embistió con nobleza pero con la cara a media altura, a veces por dentro, una cuestión que desluce hasta el muletazo más limpio y que puede poner a los sentidos en estado de alerta. Más claro para la gente que para el toreo. Muchos muletazos sobre la mano derecha dio Escribano, pero que tampoco fue suficiente para calar en esta tarde de corrida plebeya, reinando de nuevo lo cárdeno sobre el albero. Tarde de mucha miga horas antes del pescaíto.