¿Qué es lo cursi?. Lo fallidamante bello. El fraude de lo natural. Está echando la banda una feria cursi, mirándose al ombligo de su innegable compás, viéndose en el espejo de su albedrío. Una faena de contenido gallista por poderosa, apasionada por entregada y artística por su expresión de espuela de Morante, pilló al maestro musicante mirándose al ombligo. Miraba al espejo cuando Diego Urdiales dejó veinte de categoría despaciosa al compás de ninguna música. Cuando el público le mandó una regañina, fue que el maestro mandó ya mismo música en el sexto toro, el mas completo de una corrida con una mezcla de ingredientes que no le hicieron sacar nota: hechuras impecables casi siempre, un toro de calidad, segundo, otro para poderle, sexto. Escasos de fondo los demás menos el sobrero, que lo tuvo, pero ayuno de buen son.

La música, menos el reggaetón (léase reguetón), que siempre es dañino, puede ser cursi hasta sin sonar. Dejar faenas como la de Urdiales sin compás, es de cursi. Es cursi cuando no suena debiendo sonar cuando las excelencias para las que está mandada sonar, acontecen y no suena. Léase el toreo de capote de Morante el otro día o las dos faenas citadas de hoy. Acontece que, a veces, a su excelencia le entran celos de las excelencias. Que, dentro de una corrida cansina, puro plomo a veces, las hubo. Porque la faena de Morante al sobrero cuarto, toro serio y de apostura exigente, que se movió fuerte, a veces por dentro y con la cara a media altura, tuvo el contenido del arte cuando al arte le toca ponerse el mono que se ponía Lorca en La Barraca.


Toreó Morante como si no hubiera mañana, ceñido, arrebujado, encajado y poderoso,… y sin embargo estético. Con el toro tantas veces venciéndose, la cara a media altura, la intención de no descolgar por abajo. Por los dos pitones, ahora en los terrenos de dentro, ahora en los de afuera, donde el toro se vió menos, regreso pues a la proximidad de las tablas, en donde los cites eran pura ventaja para el toro. Y, en medio de este poder sin abandonar la estética, del riesgo hasta salieron pases despaciosos, todo toreo, con un final a dos manos gallista.

Esa faena que fue arte, porque el arte no es cursilería, fue ratos después de haber toreado poderoso y superior de capa al sobrero y al que abrió plaza. Un toro de fondo escaso y nobleza sin calidad. Pudo ser que al encierro le afligiera el estado del piso plaza. Hubo manguerazo para tratar de paliar el asunto.

Toreó muy bien con el capote Urdiales, especialmente en dos lances de categoría por el pitón izquierdo y una excelsa media. Tuvo ese segundo toro, de sevillanas hechuras, una gran calidad y el torero lo toreó como en sus mejores tardes. Natural en los cites, toques, embroques y despacioso en los trazos de los muletazos. La forma de correr la mano fue con la cadencia que da el buen pulso. Una hermosa faena antes de pinchar. Pero será una de las que dejen recuerdo en media docena de naturales y otros tantos con al derecha, además de cierres muy toreros. Con el quinto, serio y largo, temperamental, estuvo firme.

El primero de Manzanares duró poco, pero tuvo en esa escasa duración un buen son, mejorado por el pitón izquierdo, por donde se soltaba más. Apenas tres o cuatro tandas con buen trazo, sin apreturas. La antítesis del sexto, toro mas fuerte, bajo y serio, hechurado, que tuvo fondo y pidió mando por abajo. A la de tres sonó la música y al compás de “Cielo Andaluz” dejó Manzanares una faena de empaque de la casa, más en línea que ceñida, como dormida en los sones de una música que sonó casi obligada, por la regañina del respetable. Fue, especulaciones aparte, el toro con más emoción en sus embestidas. Un pinchazo dejó la cosa en tablas hasta San Miguel.