Detesto la resignación, la falsa espera, el tópico profesional, los sentimientos reiterativamente bonitos, la naftalina del progresismo, la impostura de las gentes, la educación del enseñar las nalgas, el mal gusto vistiendo, el óle ruso con acento el la e. Detestando esto hasta límites del insomnio, cómo contar sin la afectación de lo cursi y los lugares comunes una obra de arte. El arte nos explora, nos apasiona, nos traslada a mundos nos pertenecen pero que tratan de arrebatarnos, hasta que llega un alguien así. Con la naturalidad serena que da un corazón domado sin espuelas, poniendo calma en ese huracán angustioso de la necesidad de ser y de decir y, a veces, hasta de mentir, en la que hemos convertido al toreo. Un alguien así. Pablo Aguado. Torear como lo hizo él, es gritar al mundo lo de Octavio Paz: “podrán prohibirnos las flores, pero jamás detendrán la primavera”. El toreo, esa fiera sensible que no cabe en ninguna jaula. Lo ha dicho Aguado: la vida, sin el toreo, sólo es un error.

Cómo se templa una angustia. Cómo se puede torear a compás de caricias en medio de una necesidad. Cómo callarse cundo se quiere gritar. Desde esos interrogantes Pablo Aguado hizo el toreo que ya había hecho en las noches de vigilia y espera. El toreo vive ahí, en ese tormento, mucho antes de hacerlo. Poner el alma a ralentí en medio de ese huracán para que se aplome el cuerpo, para que las muñecas se suelten desde las yemas de los dedos, para que cintura y brazos hagan compás. El como fue desde los lances al tercero, toro cuesta arriba de una buena corrida de Jandilla, de clase matizada por encontrar el celo con la cara a media altura. Dos lances y la media calibraron toro, corazón y pulsaciones. A partir de ahí llegó el arte desde sólo puede llegarnos: naturalidad contra la afectación sensibilidad y no sensiblería, valentía sin sobreactuación.

El prólogo de la faena fue un boceto de lo despacio, cuerpo erguido sin la rigidez del que desfila, suavidad en los toques para los cites, todo despacio y torero porque el toreo es despacio, para sacarse afuera al toro y, con veinte pases, formar un lío, levantar culos de las almohadillas y romper manos y gargantas. Siempre se vino el toro franco, claro y templado, pero con la cara a unos palmos de la arena, y, sin embargo, el toreo se lo trajo en los vuelos en un trazo a la altura del toro. Digan si el toreo no es arte. Poniendo ritmo y compás, y hasta ralentizando el paso del toro. Una trincherilla cumbre. La siguiente tanda fue aún superior en calma y ritmo, en encaje sin impostura y el cambio de mano duró dos vueltas de las manijas del reloj. Los trazos al natural con el medio pecho por delante, la muñecas sin huesos y el trazo aun más despacioso y solo otra más con la mano derecha, ésta mas curva, mas enroscado el toro a la cintura antes de una estocada de cruz perfecta. El toreo.

Esa faena de métrica justa y de tiempo y espacio propiedad ya del recuerdo, se lleva titulares, secuestra la tarde, casi la ningunea. Eso tiene el arte grande, que no deja lugar en alma alguna para un bis. El arte cansa, agota hacerlo y sentirlo. Y eso que sin esa obra, la tarde habría tenido argumentos grandes. La faena al ritmo de una actitud de Rey de Roca al segundo ya tuvo importancia superior. Se fue a la puerta de chiqueros y tras salvar cuerpo a tierra al toro, le ligó dos largas, tres faroles, otras dos largas mas, para que sonara la música. Tiene el toreo el componente de pelea que no te dejas ganar, y, a un quite por Chicuelo de Aguado, Roca le respondió, gastándose el toro más en una con demasiado toreo en banderillas. El toro, siendo claro y bueno, no terminó de durar en la muleta.

Un portento fue el inicio de rodillas, para sacarlo a los medios y darle alivio en una tanda ligada con suavidad. Con el toro cada vez más gastado, en un remate, se lo echó a los lomos y le perdonó en el suelo. Después hubo de tragar parones por aflicción del animal, aguantar y esperar para torear despacio, cada mas en los terrenos de dentro, hasta claudicar el toro y casi apoyarse en las maderas, en donde Roca Rey le propinó la estocada de la feria.

Qué grande es el toreo a pesar de nuestro ser ínfimo. Esa faena de Roca Rey puso al público donde estaba. Con él. Pero luego llegó lo de Aguado. Detrás de esa faena y de una de Morante a un toro que marcó querencia siempre, que llevó la cara a la altura del palillo y con el que había toreado superior a la verónica. El genio de La Puebla, ocupado su espacio  por su propio palo, tocó a arrebato a la salida del cuarto, un toro atacado de cuerpo, sin clase, noble y de embestida vulgar. Superior en los lances y el quite, a dos manos y con ellas juntas, de rodillas primero, y luego rodilla en tierra. Pasión pura para una faena en la que el toro no le permitió lo que arte en calma necesita; ritmo, dejarse ir. Porque era toro para tirar y hasta para atacar, echando el ancla poco a poco, cara alta, con Morante desatado en un toreo de arte esforzado. Nunca forzado. Se tiró a ley con la espada, se adornó en la muerte con un pañuelo que quedó en el albero. Un pañuelo asomó en el palco. Sin titulares, pero buena.

Roca Rey insistió con mesura en el quito, el mas complicado y desagradecido. Le puso en todos los terrenos, fuera y dentro. En paralelo a las tablas y en perpendicular. Colocación exquisita, toque preciso. Pero era como si la tarde hubiera escrito un mandato al toro para que no embistiera. Las tardes escriben los guiones sobre la marcha. Y el transcurrir del mandato de la tarde estaba a la espera del último. El sexto fue otra prueba de temple interior para Aguado. Y el de Jandilla fue bueno, a menos de forma evidente. Medido en fondo, cuidado el toro en varas, salió Morante con el galleo del desde la chistera para sorpresa del público y, de paso, para esas cosas que tiene el toreo entre toreros. No dejó Aguado que la ovación apenas naciera y le replicó con un quite para regresar la tarde a su cauce.

.Dirán que dos orejas fueron muchas. Dirán esta tarde hubo mucha música, que la hubo. Que las dos orejas que logró Aguado del sexto fueron una. Aceptados los que dirán, diré que, de nuevo, templó las urgencias del corazón sin espuela ni bocao, para torear con la misma intención de trazo natural, de ritmo y compás con un toro al que pudo ligar menos en su aflicción noble. Se coló el viento, hubo de ayudarse a veces con la espada por el pitón izquierdo, pero Aguado ya había dicho cómo y porqué. El como es que se torea ya en la duermevela o la desvela del tormento del  no soy nadie pero soy alguien.

Hay mucho que nos sucede y que soportamos porque sucede. No porque sea. Entre el suceder y el ser hay un abismo. Entre el toreo de espejo y el toreo con arte dos abismos. El espejo solo sirve para mirarse la cara. El arte para verse el alma.