Al final de una feria exquisita, la de Miura se sostuvo por pura nostalgia. Con tanto toro de hechuras y tanto toreo bueno, los seis actos del final parecieron desubicados. Como buscando presente en un calendario que ya no se fabrica. Ya no se fabrican calendarios de papel, ni se acepta torear sobre las piernas. Tuvo la miurada de contemporáneo sus caras, sienes estrechas desde mazorcas anchas. Sólo eso. Luego alzada, caja, hueso y peso. Pacífica en su salida a la plaza, toreable de capa, cumplidora en el peto. En la muleta se desubicó de nuevo: apenas un par de toros tuvieron eso que se necesita para hacer el toreo de piernas quietas: embroque. La clave del toreo actual. No lo tuvo el de Castella, que debutó por apetencia con dignidad solvente. Segundo, muy bien calibrado por el aplomo de Chacón, y tercero, de Pepe Moral, lo tuvieron a ratos.

El embroque: En la muleta dícese del encuentro entre la de la movilidad y/o embestida del toro y el engaño del torero, que ha llamado o citado a esa embestida. Un punto de encuentro desde donde el toreo tiene la posibilidad de trazar el muletazo hasta vaciarlo. Unos toros embrocan deslucido, con la cara a media altura, otros humillando, otros con mucha o poca inercia. La muleta de Sebastián Castella, literalmente, jamás encontró una sola posibilidad de mandar o dirigir desde un embroque. No los hubo. El primero, estrecho de sienes, huesudo, vareado y de manos muy largas, se emplazó de salida, lo hizo por derecho en el peto y en el capote metió la cara suave por el pitón izquierdo.

Pero en la muleta, con la cara a su altura, no tuvo nunca la intención de encontrarse con la tela, en una carencia absoluta de bravura. Un toro para lidiar sobre las piernas en movimiento y jamás sobre la quietud de pies y movimiento de brazos. El cuarto, grande, más alto que muy alto, cinqueño como segundo y sexto, también apuntó cierta intención de embestidas por el pitón izquierdo. Pero, tras un torero inicio de faena por alto apoyado en las tablas, finalizado con un precioso pase del desdén, el toro jamás quiso encontrase con la muleta. Acaso con el cuerpo. Siempre con la cara a su altura, siempre amagando acudir para quedarse sin pasar. Cuando Castella hizo lo que el calendario de ese toro demandaba: lidiar sobre las piernas, tocarle los costados, la gente se mosqueó. Certero con la espada, ya sabe que es una de Miura y, además, una sin suerte.

Porque la suerte del torero francés es estar en ese lugar donde te anuncias con Miura por voluntad propia. Otros tienen en ella una base de su carrera. Muy digna, por cierto. Pero muy dura. Chacón es de los que honran ese lugar. Con una torería solvente, aplomado y sin complejos, dando paz a la guerra, entrando en quites toreros, su tarde ha sido de quitarse el sombrero. Desde un tranco animoso, el segundo toro hizo buenas cosas de salida en un son de paz bien calibrado por el gaditano con el capote y en un quite por chicuelinas.

Fue toro de movilidad cansina, difícil de ligar por tener recorrido corto y no mucha fortaleza. Por eso Chacón lo citó siempre desde la cadera, para poder vaciar el pase. Y para no violentarlo, le dejaba una pausa antes del siguiente, momento en el que el toro lo miraba en un hola, sé que naciste en Prado del Rey. Una faena valiente, paciente, notable, con el toro aprendiendo y violentándose. El toro le tapó la salida al entrar a matar. Lo hizo también el quinto, con el que puso más ardor porque el toro era más vivo y más aprendido. Esa forma de torear atacando, pero preparando las piernas para la huida ante la posible cornada, tiene carácter heroico. Pero puede que los calendarios de hoy no tengan santorales de héroes.

Tuvo embroque el terceo. Y fue el de recorrido más largo. Pepe Moral le ligó dos o tres tandas por el pitón derecho en una faena emotiva, siempre con el ojo avizor. Una faena de engaño más adelantado, tirar el trazo del muletazo y perderle pasos. Por el pitón izquierdo el toro se le quedó en la cadera un par de veces y “tragó paquete” antes de dejar una estocada fea que asomaba. Devuelto el sexto por inválido, el sobrero que salió fue toro de lomo recto, huesudo y enseñando las puntas, de peor nota en varas y que se movió como rebotado sobre las manos, queriendo quitar lo que hubiera delante de su movilidad rebrincada y de cara al aire. Movilidad a menos y un aprendiendo creciente. Aprendiendo donde estaba Pepe Moral, incómodo con razón cabal.

Lo dicho. Una feria tan bien pintada en el hoy, alejó aún más en tiempo a la de Miura. Era como si el todo color de estos días entrara en el túnel del tiempo de un blanco y negro de nostalgia. Y uno no sabe ya si la nostalgia existe en los diccionarios. A mí me encanta la nostalgia, siempre y cuando sea el noble recuerdo de los sueños del pasado y no la convirtamos en el vicio de la memoria.