Que traigan otra de Cuvillo. Que llueva más días. Que pongan otra vez a Talavante. Que todos los días se reencuentre López Simón con la plaza que le ha dado todo. Que todo eso pase y que Las Ventas se exprese con la humanidad de esta tarde donde sólo se echó en falta el Arca de Noé. Una faena preciosa y precisa, estructurada y medida del torero más de Madrid en la actualidad, Talavante. Emoción a raudales con dos cogidas tremendas con López Simón como protagonista, firme y apasionado. Dos toreros por la Puerta Grande en este viernes de aguacero: toreo, barro, gesta, y una corrida buena, otra más. Madrid, de fiesta. Y un respeto para Ureña: unos las firman, otros las torean. Así ha sido siempre.

Así debieron ser las tardes de San Isidro hasta los años 70. Seguramente fomentado por la tromba de agua, el público se mostró menos ácido y más receptivo que otras tardes y ya vieron con buenos ojos una faena de Talavante bonita y expresiva, cuando aún el espectáculo no se había metido en agua. Bajo, suelto de carnes, estrecho de sienes, cornidelantero, 'Cacareo' (reata cumbre de esta casa), ya humilló mucho de salida y a la muleta acometió pronto y con ritmo, bravo, pero no pegajoso, porque no requirió perder pasos al torero.

La obra del extremeño, iniciada con la pierna flexionada, dándole celo al toro en el tercio, tuvo dibujo, encaje y expresión sobre la derecha en dos series iniciales, y más profundidad y reunión con la zurda, en las dos tandas siguientes, usando mucho los vuelos, verticalizando la figura, la última a pies juntos, finalizada con un pase del desdén. Eso fue la faena: corta -dos series por cada pitón- pero intensa -de cinco y seis muletazos- rubricada de buena estocada. Hubo petición (y concesión) de las dos orejas, aunque, siendo importante la obra, uno se queda con la del día 16, la más importante, de largo, de la importante feria del torero pacense. Quizá el rescoldo de aquella obra tuvo que ver esta tarde en la petición del segundo trofeo.

Pero Talavante no se fue solo en volandas. Porque Madrid rescató a López Simón en esta tarde de rayos y truenos. Regresó a los corrales el primer toro del torero madrileño y el sobrero de Conde de Mayalde tuvo carácter y dio importancia a cuanto se le hizo. Primero porque transmitió, y después porque dejó al torero girar sobre sus talones y ligar y encajarse sin rectificar terreno. Tuvo fuerza la faena sobre el pitón derecho pero cuando se cambió la muleta de mano el astado se quedó en el embroque en mitad de una serie y derribó al torero de un derrote.

Una vez en el suelo el toro hizo por él con saña. La paliza fue monumental. Incluso golpeó con una de las patas delanteras la cabeza del torero, que se reincorporó maltrecho y volvió sobre la mano derecha para concluir faena, relajado, vertical. Tras un pinchazo y una estocada de la que volvió a salir volteado cobró una oreja de ley. Con la Puerta Grande entreabierta salió un jabonero grande, bajo y voluminoso, más basto, que sobre todo por el pitón derecho -por el lado zurdo se quedó más corto- se dejó hilvanar las series.

Muleta por delante, tocándolo en el momento preciso, el de Cuvillo respondió con humillación, transmisión y repetición. Gran actitud de López Simón, que brilló bajo el diluvio. La faena tuvo fuerza arriba porque contó con las premisas de la ligazón y la intensidad. Se perfiló muy lejos y agarró una estocada entera en todo lo alto que canjeó por otra oreja y, como Talavante, su quinta salida en hombros en este coso, un triunfo que le hace recobrar el crédito y el vuelo, que para eso es de Barajas.

Talavante apenas tuvo opción con el quinto, serio y grande, mientras Bautista anduvo cerca de pasear una oreja del cuarto, cuando más fuerte descargó el aguacero. El toro se movió pero sin terminar de entregarse. Bautista lo alivió, sin obligarlo, en los medios y al final de faena consiguió un par de series con la derecha, obligando y exigiendo más al animal, que contaron con quorum arriba. Incluso se perfiló a matar recibiendo, pero el acero no entró en primera instancia. Antes había despachado con pulcritud al noble y soso astado que inauguró la tarde más laureada (triunfal para unos, más triunfalista para otros) del serial. Que no dejen de llover las orejas. .